Literatura
Narrativa
agosto 2026
Sopa de callos
por José Aristóbulo Ramírez
El doctor Montaño, con esa flema suya tan peculiar y esa conducta inmutable que estila y que para el caso tiene que ver con llamar las cosas por su nombre, sin tapujos ni sofisterías, luego de ver a la luz mis fotocopias, rayos equis, endoscopias, exámenes y demás morralla de mi historia clínica borrascosa y horripilante, y para que yo me hiciera de una buena vez una composición de lugar completa y veraz, a su juicio es mejor despojar al paciente de la venda de sus ojos para que tome el mando de la situación y no sea la enfermedad la que mangonee, decrete y disponga, me espetó a modo de sentencia y como quien chifla un chiste flojo… «Don Policarpo, es mi deber advertirle que para luchar contra el cáncer que padece tendré que extirparle el estómago. Todo juntito, panza, bonete, librillo y cuajar. Le aseguro que por más prosaico que le parezca no tiene usted ninguna otra alternativa. Operamos y extirpamos el órgano invadido por un tumor maligno o me aventuro a sugerir que es mejor que sus familiares vayan contratando servicios funerarios».
¡Qué lindura!, menudo pitorreo me obsequiaba el diablo. Ante el hecho, con semejante daga clavada en el alma, quedé como petrificado. Pero como el tiempo corría en mi contra, a cada segundo las células malignas se esparcían alegremente por mis entrañas restándome posibilidades de salir vivo de la refriega, pese a estar bastante abatido y a despecho de mis presentimientos agoreros, a la luz de las circunstancias es prácticamente imposible escurrirle el bulto a la parca y siendo así, para qué carajos someterse a tortura en quirófano, los ruegos de mi mujer y mis nietos y el vil culillo de morir me ablandaron y en plena posesión de mis facultades autoricé de mala gana que me rebanaran, amputaran y desfavorecieran, mala cosa, aunque, viéndolo desde una perspectiva práctica, es mejor vivo sin mondongo que muerto con uno que no servirá ni para engordar gusanos.
Sin embargo, maldita sea mi estampa, más se demoraron Montaño y sus secuaces en abrirme en canal que el primero en darse cuenta que el tumor retrechero que se empeñaba en mandarme al otro barrio antes de tiempo les había clavado también sus zarpas sarmentosas a pajarilla, páncreas y una parte de mis tripas. Vaya trance inesperado.
De cualquier manera, como ya estábamos entrados en gastos y no había modo de obtener mi aquiescencia, a mochar toda la pepitoria, a dejarme limpito por dentro como una patena y a pagar por ver cómo terminaba el experimento.
Por esas cuestiones anejas a la ciencia, al talento innegable de mi oncólogo y al albur, después de un mes de andar a la greña con la pelona, que te quiebro, que nones, que vaya tío terco, que vaya vieja amargosa y afanada; de estar un segundo en la penumbra y otro en la claridad, que me voy, que me quedo; de tomar soleta mi espíritu hacia el cielo a presentar credenciales y hacia el infierno a lo mismo, nunca se sabe cómo caerá la moneda, y luego regresar a la unidad de cuidados intensivos a enterarme en qué parará todo esto, y padecer tortura, y transpirar y cerrar el culo a las buenas para volverlo a abrir a las malas y luego abrir los ojos contra todo pronóstico, ya lo ven, no está muerto quien pelea; por mor de los adelantos de la medicina y los caprichos del destino, salí vivo del hospital, vacío de vísceras y repleto de deudas, dispuesto a tragarme la vida que me quedaba sin importarme un adarme cómo me las arreglaría para engullírmela, transformarla en bolo alimenticio, digerirla y luego excretarla a placer para zamparme enseguida otro atracón, me da pena decepcionarlo, si no me mató cuando pudo, el cáncer ya no podrá conmigo.
Salí del hospital y allí, en el umbral del que fuera el escenario de mi tragedia, vestidos de fiesta, me aguardaban mi mujer, mis cuatro hijos y mis cinco nietas para llevarme a casa y celebrar con fanfarria y francachela mi suerte, mi victoria y mi resurrección.
Liliana, mi nuera más fullera, bromista de cabo a rabo, se ocupó de los detalles de la cena de bienvenida… Huevos de codorniz, galletas de soda, carne de diablo y pulpitos en su salsa, a manera de aperitivo. Y de plato fuerte, pásmense ustedes, amigos, sopa de callos… ¡Sopa de callos!… Tenía gracia, por los cuernos de Lucifer que tenía gracia.
Me crispé visiblemente, no por la chacota de dudoso gusto, sino por constatar de modo asaz abrupto que reinventarme sería una tarea abrumadora y colosal. Luego de beberme un jugo de remolacha, de jugos habría de alimentarme en lo sucesivo, de jugar Serpientes y Escaleras con mis nietas y de intuir que el viejo árbol podría retoñar pese a sus reveses, mi malhumor desapareció.
Pasado el tiempo, cuando recobré un poco de compostura y solté los frenos, pude darme cuenta que aún tenía un montón de empresas por librar. Se cae de su peso que con el mondongo en su sitio habría sido más fácil emprenderlas. Sólo que mi mondongo era historia y yo vivo y respiro en el presente.
El doctor Montaño suele recordarme con frecuencia que el cáncer aún puede obsequiarme una jugarreta similar a la de marras. Yo estoy preparado para lo que sea. Por eso el muy canijo no me va a agarrar ni lloroso, ni quejoso, ni derrotado.
José Aristóbulo Ramírez. Bogotano, economista de profesión, apasionado por la literatura y lector prolijo. Desde 2010, dedica medio tiempo a la economía y otro medio tiempo a escribir. Sus obras han obtenido reconocimientos en trece países a saber: USA, Nueva Zelanda, México, Guatemala, Cuba, España, Argentina, Ecuador, Brasil, Chile, Uruguay, Venezuela y Colombia.
