Literatura
Narrativa
agosto 2026
El Lago de las Escamas de Vidrio
por Chuangtse
En la arquitectura de la existencia, donde lo que se ve es solo el límite de lo que no puede ser visto, se extiende la Cuenca de los Ecos Visuales. No es un lugar de materia, sino de respuesta; una geografía que no precede al viajero, sino que se despliega como una exhalación de su propia presencia. Su superficie está compuesta por billones de escamas de vidrio, cada una de ellas carente de esencia propia, de peso específico o de memoria elemental. El vidrio no es; el vidrio solo ocurre cuando algo se sitúa frente a él. Existe en un estado de latencia ontológica, esperando la intrusión de una forma para validar su capacidad de réplica. Si el universo estuviera vacío, el lago sería la transparencia absoluta, una nada que no ofrece resistencia al ojo porque no habría ojo que reclamara la visión. Pero el universo está lleno de formas que buscan confirmarse a sí mismas, y el lago es su verdugo.
La tragedia de la percepción no radica en lo que el espejo muestra, sino en lo que el observador retiene. La identidad es una rugosidad en la superficie del ser, una costra de hábitos y nombres que el hombre arrastra como si fueran su propia piel. Las escamas de la cuenca poseen una afinidad geométrica con esa identidad: buscan un centro, un “Yo” que otorgue sentido a la dispersión del reflejo. El viajero que cruza el lago no corre el riesgo de romperse, pues el vidrio no posee la solidez necesaria para la fractura; corre el riesgo de fijarse. Al entrar en la cuenca cargando con la estructura de su propia historia, las escamas detectan esa irregularidad existencial y se anclan a ella. El hombre no es devorado por el lago; es capturado por la memoria de su propia imagen. Se convierte en una sucesión de reflejos que ya no pueden dejar de mirarse, una estatua de definiciones que ha perdido la capacidad de fluir porque ha aceptado la invitación de la fijeza.
Arasmes, el Vigilante de la Sombra, se situó en el umbral de la cuenca. Su propósito no era llegar a la otra orilla —pues la idea de una orilla opuesta presupone una distancia que solo existe si hay alguien que la recorra—, sino ser la orilla misma en movimiento. Su preparación no consistía en fortalecer su voluntad, pues la voluntad es la forma más rígida de la identidad, sino en erosionarla hasta que no quedara ningún ángulo donde la imagen pudiera hacer presa. Se había sometido al Ayuno de la Definición, despojándose de los atributos que el mundo le había impuesto como medallas de cautiverio.
—Lo que va tras las cosas, se convierte en las cosas —pensó, en una digresión que no buscaba conclusión, sino la anulación de la búsqueda—. Lo que sale a recibir la imagen, es reclamado por la imagen. El espejo no busca la luz; la luz simplemente no encuentra obstáculo en el espejo. Si el observador se retira de la mirada, ¿quién es el que habita el reflejo? La imagen es una deuda que solo se paga con la desaparición del deudor.
Inició el tránsito. El lago respondió con una saturación de posibilidades. Billones de escamas se elevaron, impulsadas no por el viento, sino por la presión de la conciencia de Arasmes sobre el vacío. Proyectaron ante él la totalidad de su construcción personal: el rostro que el mundo le había dado, las sombras que sus actos habían proyectado en el tiempo, las ambiciones que daban forma a su presente como una jaula de oro. Cada escama era un intento de la realidad por decirle quién era, una oferta de coherencia en medio del caos. El peligro era la adherencia por reconocimiento. Si Arasmes se reconocía en el reflejo, si cometía el error de decir “este soy yo”, el vínculo ontológico se sellaba y el vidrio se soldaba a su consciencia, convirtiendo el instante en una eternidad de mármol vítreo.
Caminó sin dirección, porque tener un destino es ya una forma de identidad, una trayectoria que define al sujeto antes de que el sujeto ocurra. Trataba cada visión como una fluctuación del vacío, una perturbación en el campo de la nada que no requería su validación. El lago le ofrecía la Verdad Total —la suma de todos sus errores, sus aciertos y sus herencias—, pero Arasmes sabía que la Verdad es la mayor de las trampas para quien busca la Claridad. La Verdad es fija; la Claridad es transparente.
Aplicó la No-Retención: un estado de alerta donde dejaba que la imagen se desplegara con una nitidez absoluta, pero no permitía que el eco de esa imagen rebotara en su interior. Su mente no operaba como un almacén de figuras, sino como una superficie de respuesta pura. Respondía al mundo con la precisión de una cuerda vibrando, pero no guardaba la deuda del recuerdo. Entendía que la memoria es el sedimento que impide que el espejo sea perfecto. Al no retener, Arasmes evitaba que el vidrio encontrara la rugosidad necesaria para el anclaje. Las escamas pasaban a través de él porque no había “él” que ofreciera resistencia.
En el centro de la cuenca, surgió el Reflejo de la Persistencia. Era una figura dotada de una coherencia insoportable, una versión de Arasmes que poseía todas las respuestas, todas las certezas y toda la solidez que el ego humano ansía. Esta figura no le gritaba, sino que le ofrecía el descanso de la conclusión. Le ofrecía ser, por fin, “Alguien” inmutable. Las escamas empezaron a rodearlo en círculos concéntricos, no para herirlo con filos, sino para definirlo con límites, para darle un lugar fijo en la jerarquía de lo existente. Sintió la presión de la fijeza, la asfixia de ser una conclusión definitiva en un universo que es puro proceso.
—Si acepto ser el que miro —se dijo, mientras el vidrio empezaba a cantar la frecuencia de su propio nombre—, acepto ser el que muere. La identidad es el certificado de defunción de la posibilidad.
En ese punto de máxima densidad, Arasmes ejecutó el acto del No-Hacer. No rechazó la imagen, pues rechazar es reconocer la existencia de un enemigo y, por tanto, validar la propia posición de combate. Simplemente desandó el camino del “Yo”. Se sumergió en la disgresión cíclica de su propia inexistencia. Si el sujeto desaparece, el objeto pierde su derecho a ser reflejado. Si el espejo se vuelve tan delgado que su espesor es nulo, ¿dónde puede anclarse la imagen? El reflejo requiere una superficie, y Arasmes se convirtió en el espacio que permite que la superficie sea. Al no haber un “alguien” para ser reflejado, el reflejo careció de suelo y se desmoronó por su propia falta de centro.
Las escamas, privadas de su centro de gravedad, cayeron al fondo de la cuenca con un sonido que no fue un estruendo, sino un suspiro de alivio mineral. El lago volvió a ser una transparencia muda, una nada que ya no intentaba capturar nada. Arasmes no había vencido al espejo; lo había agotado mediante la ausencia. Había demostrado que la única forma de no ser capturado por la realidad es ser tan real como la realidad misma: un flujo que no deja rastro de su paso.
Al salir de la cuenca, no recordaba el lago, ni la luz, ni el peligro. No había nada que recordar porque nada había sido retenido. La memoria es una carga que solo llevan los que temen perderse, y Arasmes ya se había perdido de vista a sí mismo hacía mucho tiempo. Se sentó bajo el cielo infinito, siendo él mismo una parte de la claridad, un punto de conciencia que reflejaba la inmensidad sin intentar poseerla, ni medirla, ni nombrarla.
Era, por fin, un hombre sin bordes, una vasija cuya única utilidad era el vacío que contenía. Se convirtió en un espejo que, al no guardar ninguna imagen, contenía la posibilidad de todas las imágenes posibles. En la quietud de ese no-ser, comprendió que el secreto de la mente no es reflejar el mundo con fidelidad, sino ser el espacio donde el mundo puede ocurrir sin ser juzgado, sin ser atrapado y, sobre todo, sin ser recordado como una cadena. El Vigilante de la Sombra ya no vigilaba nada, pues en la transparencia absoluta, el vigilante y lo vigilado son la misma y única nada que brilla.
Chuangtse (Copiapó, Chile, 1996) es escritor de narrativa breve. Su trabajo explora, a través de un estilo barroco y filosófico, temas como el vacío, la no-acción y la disolución del yo, en diálogo con tradiciones como el taoísmo y la sátira filosófica. Actualmente trabaja en una colección de cuentos que reúne distintas parábolas sobre estas ideas, de las cuales “El Lago de las Escamas de Vidrio” forma parte.

