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Literatura
Narrativa
octubre 2026

La Negra
por Dai Do

 

Llueve.

Llueve como nunca antes había llovido en este pueblito olvidado por Dios. La plaza está hecha un lodazal, las bancas se deshacen como cartón. En medio del barro la Negra yace sentada, junto al busto oxidado de un colonizador desconocido.

El chal y la falda de lana absorben el agua hasta ponerse pesados. Pero la Negra no piensa moverse.

Le dijeron que pasaría por ahí el presidente y ella desea hablar con él.

Cuando los hombres salían de caza, las mujeres cuidaban de la tribu y los viejos reunidos alrededor del fuego contaban historias.

Una tarde el suelo avisó un temblor lejano. Bestias móviles de distintos colores se deslizaron por el valle, dejando tajos en el pasto. Rodearon el campamento con gruñidos y aparecieron fantasmas. Llevaban ropajes extraños y ceñidos, y unas semiesferas blancas sobre la cabeza. Caminaron hacia la fogata cargando obsequios. Brebajes para los hombres, pastillas dulces para los niños. A las mujeres no las miraron.

Tres ancianos empezaron a retorcerse, les salió una espuma viscosa de la boca. Fue la Negra a brindarles cuidados y ya no pudo oír a los forasteros. Maguey morado y salvia, aun así los viejos no pasaron la noche.

Sigue lloviendo y hasta parece que más fuerte. No quedan bancas, apenas los marcos de metal herrumbrados. La Negra se hunde en la arena movediza.

En la parroquia, el cura observa desde la ventana. Quiere interceder, ofrecerle refugio, cree que eso es lo que haría Dios. Pero es Dios quien controla el clima, y si la lluvia no se detiene, esa es entonces su santa voluntad. La Negra también mira en dirección al curita, ve a través de los muros de adobe, distingue la silueta regordeta y la calva brillante. Le gustaría interrogar a Dios, pero a Dios. No a un hombre que pretende hablar con Él. Mejor será hablar con el presidente, le dijeron que pasaría por allí.

A la semana volvían los tipos montados en las bestias. Traían más regalos. Sus brebajes causaban en los hombres risa eufórica o rabia desmedida. Los hechizaban poniéndoles encima las semiesferas. Luego miraban airosos y desafiantes a sus hermanos.

Al mes volvían los tipos montados en bestias nuevas y más grandes, que acuchillan la tierra y se beben el río. Dos que intentaron subirse a los monstruos fueron muertos de un mordisco. La Negra tuvo que ocuparse de los ritos fúnebres, y los viejos seguían enfermándose. Las grageas convidadas a los niños les hacían correr por horas. Ya no podían conciliar el sueño porque preferían seguir corriendo. La Negra se fingía incólume, aunque tenía ganas de descansar un sueño largo. En vez de eso cantaba arrullos para los moribundos, hacía plegarias silenciosas que nadie respondía.

La lluvia dibuja pozas mientras anochece. Cuando parece que amaina empiezan los relámpagos. La Negra quiere levantarse, quiere volver a la choza con los suyos y sacar del hechizo a su hombre. Sacarle la ropa a su hombre y yacer con él bajo pieles de llama. Sentir su pecho tibio y su panza que se infla y desinfla con los ronquidos. Quiere sentir el aire fresco de un valle que parece que flota en una burbuja.

Aquí no hay burbuja, los goterones se lo recuerdan, como alfileres que la pican en cada poro, mojando esa suciedad que jamás se lava.

Que ni Dios con todo el diluvio logra lavar.

Fue un arrebato. Vio la abertura en la espalda de la bestia y se escondió ahí, entre espinas de metal y sacos de arena. Procuró guardar silencio, apenas respirar para no ser descubierta. Sintió a la bestia despertar, gruñir, moverse.

A ratos le venían delirios de fortaleza, pero las horas trocaron su esperanza en lágrimas mudas. De los tipos no se oían más que risas y palabrotas durante el viaje. Atardecía cuando el monstruo se detuvo. La Negra esperó que los tipos se alejaran antes de asomar el rostro por la rendija.

Era un mundo distinto, sin árboles ni plantas, con un sol quemante. No sabía leer la Negra, pero reconoció el dibujo de la bestia repetido en un bloque gris y gigantesco.

Quizás la visita del presidente se ha postergado por la misma lluvia. Eventualmente el sol saldrá y vendrá la comitiva. Cuando eso suceda, piensa la Negra, debo estar acá.

Con los primeros rayos a través de la bruma aparece un viejo. Tan seca su piel que parece que el agua no lo toca. Sus ojos nublados encuentran a los de la Negra.

–¿Qué hace usted ahí, doña?

–Espero.

–¿Y qué espera?

–Hablar con el presidente.

–Aquí no hay presidente –dice el viejo–. Váyase a su casa.

La Negra no dispensa más palabras. El viejo continúa su camino, murmurando para sí. La Negra piensa en que no conoce la ruta de vuelta a casa, mientras su nariz aguileña gotea.

La Negra sintió una ráfaga de aire cuando se abrió la puerta de cristal, y de ahí salió un tipo macizo y con bigote. Le dijo que no podía entrar. La Negra gritó y pataleó y no le sirvió de nada. Volvió junto a la bestia. Ahí experimentó algo parecido al silencio. No como el silencio del valle, que esconde pájaros y el soplido de la brisa, o como el silencio total de la noche. Sino que éste era un silencio de monstruos y pitidos, de gritos inentendibles.

Encontró una roca del tamaño de una fruta y la lanzó contra la bestia hasta dejarla ciega. En eso apareció el tipo de bigote con la cara roja como cuando los hombres cazaban bestias. La derribó contra el suelo y le puso la rodilla sobre la nuca.

–¿Qué está pasando? –dijo una voz.

–Mire lo que le hizo a su camioneta –respondió el de bigote.

–No, espérate. Yo la conozco a ella. Suéltala te digo.

El tipo de bigote se levantó, se limpió la ropa y caminó de vuelta hacia el bloque gris. La Negra pudo voltear la cabeza y mirar hacia su salvador. Era uno de los que repartía pociones y grageas. Puso una rodilla en el suelo y le extendió la mano.

–Un animal ese loco, perdone.

La Negra se levantó sin ayuda y miró al hombre, quien intentaba una sonrisa.

–Venga, la llevaré de vuelta.

Pasado el mediodía, escampa. La plaza es una laguna. La Negra dormita sentada con las piernas cruzadas, apenas con la cabeza por fuera del agua. Está acalambrada y el dolor no le deja descansar de verdad. Salen unos gorriones a inspeccionar el lugar. Los gorjeos la despiertan.

Se pone de pie con lentitud, para que la sangre fluya por sus piernas y se le pase el hormigueo. Se estruja las ropas y se acuesta. Su cuerpo flota boca arriba. Siente un calor suave sobre los pómulos, sus trenzas azabache recogen briznas de hierba y trozos de lodo. Los gorriones vuelven a esconderse.

La Negra se acariciaba los raspones en la sien. Iba sentada a la derecha del hombre, dentro de la bestia. A través del cristal se veían monstruos metálicos y fogatas imposibles.

–Sé que todo esto debe ser nuevo para usted. Pero le aseguro que será para mejor. ¿Entiende lo que digo?

A la Negra no le quedaban fuerzas para responder. Cabeceaba, los ojos se le cerraban contra su voluntad. Afuera se había instalado la noche.

–Oiga, no se me duerma. Ya casi llegamos.

El tipo la tomó del hombro y la sacudió suavemente. La Negra despertó de súbito y empujó el brazo del hombre. Luego le escupió.

Tras limpiarse con la manga, el tipo frunció los labios y estrujó el volante. Se quedó callado el resto del camino.

El hombre condujo a la bestia hasta un valle que no se parecía en nada al de la Negra. Fingió una sonrisa.

–Claro que no me entiendes.

El rumor de la bestia se detuvo. Era una noche sin estrellas. El hombre la miró un momento, como quien mira un animal. Y entonces hizo lo que quiso.

Cuando estuvo satisfecho, la echó fuera y arrancó hacia el horizonte. La Negra se sobó allí donde había recibido la desgracia y se puso a caminar. Caminó tambaleante por horas. Al primer pueblo que divisó, aun sabiendo que no era el suyo, fue y se sentó en la plaza.

Mientras esperaba, comenzó a llover.


Dai Do es escritor y luchador, oriundo de Punta Arenas. Cuando estaba a punto de terminar el liceo escribió sobre un joven magallánico que estaba a punto de terminar el liceo y quería juntar dinero para viajar. Agarró el cuento y lo envió a un concurso. Se ganó un palo y medio, con lo que se costeó el viaje. Desde entonces cree que se puede vivir de esto. Desde el 2017 practica lucha libre. Se ha presentado cuatro regiones y ganado un campeonato en equipos y uno individual. Cree que se puede vivir de eso. Miembro fundador del club Té de Letras. Publicó “El Tomi” en el Laboratorio de Escritura Territorial (BAJ, 2025) . Se incluyó el poema “Vete pero” en el libro Historias de nuestra tierra (Fucoa, 2026) y la crónica “Todas las olas son el océano” en la plaquette Macedonia (Centex, 2025). Ha participado en encuentros de poesía slam en Valparaíso, Santiago y Limache.

 

Dai Do

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