Literatura
Narrativa
abri 2026
El idioma de los perros
por Emanuel Elías Sánchez
La dirección ya no existe.
Figura en el catastro de 1987 como Pasaje Lautaro 4, entre Avenida La Paz y el límite sur del Parque de los Reyes. En el Plan Regulador Comunal de 2009, ese espacio aparece coloreado de amarillo pálido: zona de remodelación prioritaria. En el de 2019, el pasaje no aparece. Solo una línea recta de verde institucional que indica área verde proyectada. En ninguno de los dos documentos hay registro de que alguien viviera ahí.
Celestina Millahual lleva diecisiete años viviendo en una dirección que no existe.
Paga agua, aunque la boleta viene a nombre de un tercero. Paga luz, aunque el medidor fue declarado obsoleto en 2011 y nadie lo reemplazó. Su nombre no está en el padrón electoral de la junta de vecinos, porque la junta de vecinos fue disuelta por inactividad en 2014 y el local convertido en bodega de una empresa de logística.
El primer perro llegó solo.
Un mestizo amarillo, costillas visibles, que se quedó debajo del alero tres días antes de entrar. Celestina no lo invitó. Le puso un plato con agua porque el calor de enero es un castigo que no distingue entre personas y animales. El perro bebió y se quedó.
El segundo llegó porque el primero estaba.
Después ya no llevó la cuenta.
Son siete ahora, u ocho, dependiendo de si se cuenta a la perra que parió en octubre y todavía no termina de decidir si esto es su casa o no. Duermen en el corredor, contra la pared donde el sol pega primero en la mañana. Celestina les habla en mapudungun porque en español no tiene a quién hablarle y las palabras necesitan salir igual.
Les dice: pewma significa sueño y también lo que se ve antes de que pase.
Les dice: el nombre del río que corría aquí abajo antes de que lo entubaran era Maipo, pero el nombre real era otro y ese otro nombre se fue con los que lo nombraban.
Los perros no responden. Eso es exactamente lo que Celestina aprecia de ellos.
Su hijo llama los primeros domingos del mes, desde Antofagasta. La conversación dura entre cuatro y siete minutos. Él habla desde el auto, en el estacionamiento de la empresa, porque adentro no hay señal. Él le pregunta si necesita algo. Ella le dice que no. Ninguno de los dos miente exactamente. La última vez que vino fue para el funeral de su marido, hace once años, y se fue antes de que terminaran de rellenar el hoyo porque tenía turno en la mina al día siguiente y los permisos no se estiran. Celestina lo vio cruzar la calle con su bolso negro y subir al taxi sin mirar atrás. Pensó: este es el último gesto de su padre en él. El bolso cargado al hombro derecho, idéntica postura, idéntica prisa.
La municipalidad mandó un funcionario en marzo.
Tenía unos treinta años, camisa celeste con el logo del municipio en el bolsillo, una tableta con formulario digital. Le explicó que el sector había sido incorporado al Plan de Regeneración Urbana Comunal y que el municipio ofrecía una solución habitacional en el conjunto Brisas del Mapocho, comuna de Pudahuel, con todas las comodidades. Le mostró fotos en la tableta: pasillos blancos, ventanas de aluminio, árboles recién plantados con sus tutores de madera todavía puestos.
Celestina le preguntó si los perros podían ir.
El funcionario dijo que el reglamento del conjunto prohibía mascotas de más de diez kilos.
Celestina asintió y el funcionario interpretó eso como una pregunta resuelta.
Anotó algo en la tableta. Antes de irse dijo que el proceso seguiría su curso. Lo dijo sin mirarla, como se dice una cosa que ya ocurrió.
Lo que el cuento no puede mostrar pero que existe en papel: el Decreto Municipal N°1.847 del 14 de junio de 2022, que declara el sector en estado de abandono y habilita el procedimiento de recuperación de suelo. El formulario de notificación enviado en dos oportunidades al domicilio, devuelto ambas veces por el servicio de correos con la observación “dirección inexistente”. El informe social que recomienda “intervención prioritaria” y que describe a la habitante como “adulta mayor en situación de vulnerabilidad severa, sin red de apoyo verificable, con presencia de animales en el inmueble”. El informe no consigna su nombre completo. La llama “la señora”.
Octubre. La perra que todavía no decide parió debajo de la cama.
Celestina escuchó el primer quejido a las tres de la mañana, un sonido bajo y continuo que venía de debajo de la cama, y se quedó quieta. Encendió la vela que guarda para los cortes de luz, aunque la luz no estaba cortada. La vela era de esas blancas, sin olor. La llama estiró su sombra por la pared y Celestina vio la sombra y pensó en su madre, que murió en Temuco en un invierno que ella recuerda principalmente por el olor a eucaliptus húmedo y por el sonido de la lluvia en el zinc.
En Temuco, su madre hacía lo mismo con los caballos de un vecino que vivía al otro lado del cerco.
Nacieron cinco. Uno no respiró. La perra lo lamió un rato largo, con una concentración que Celestina reconoció. Es la misma cara que pone la gente cuando todavía no acepta algo que ya sabe.
A las cinco de la mañana Celestina hirvió agua y tomó mate porque el café lo dejó hace tres años cuando el corazón empezó a avisarle cosas. Afuera, Santiago hacía el ruido de siempre: el primer camión de basura, un perro de otro barrio contestando a los suyos, el semáforo de La Paz que lleva dos meses parpadeando en rojo y que nadie ha venido a reparar.
Los cuatro cachorros vivos mamaban. La perra dejaba que lo hicieran sin moverse.
Los miraba como quien mira algo que todavía no sabe cómo va a terminar.
El hombre llegó un martes.
El segundo hombre traía carpeta de cartón. Venía con una mujer de chaleco verde que se presentó como trabajadora social del consultorio del sector. Dijeron que venían a conversar. Celestina los dejó pasar porque afuera estaba nublado y porque a esta altura ya sabe que cerrar la puerta no cambia nada, solo desplaza el momento.
La trabajadora social miró los perros. Los contó. Anotó.
El hombre de la carpeta explicó que el plazo del proceso de recuperación de suelo vencía el 15 de diciembre y que el municipio ponía a disposición una asistencia de traslado y una compensación económica de ochocientos mil pesos para facilitar la transición.
Celestina preguntó adónde había ido el río.
El hombre y la trabajadora social se miraron.
Ella les explicó: el río Maipo corría por aquí antes de que lo entubaran, en los años cuarenta, durante la segunda alcaldía de González Videla. Lo pusieron bajo tierra porque traía enfermedades, dijeron, aunque lo que traía era agua y los que se enfermaban eran los que no tenían otra agua. El río sigue corriendo ahí abajo. Se puede escuchar si uno pone el oído en el suelo, en ciertos puntos de la vereda, antes de que lleguen los camiones de la mañana.
El hombre dijo que no tenía información sobre eso.
La trabajadora social dijo que entendía que el proceso era difícil.
Celestina los miró. Pensó: esta mujer cree que lo que está pasando es que yo no quiero irme.
Los firmó. El papel que había que firmar, el que dice que fue notificada y que el proceso seguirá su curso. Le dieron una copia. La copia tiene su nombre completo, por primera vez en todo el expediente: Celestina Millahual Painén. Debajo, su rut. Debajo, la dirección: Pasaje Lautaro 4, sin número. Debajo, entre paréntesis, una nota del digitador: (dirección no validada en sistema).
Cuando se fueron, Celestina dobló el papel y lo guardó en la lata de galletas donde guarda los documentos.
Después salió al corredor.
Los perros estaban en su lugar, contra la pared del sol. La perra nueva también, con los cuatro cachorros encima. Celestina se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, y puso la mano abierta en el cemento.
Esperó.
El primero en venir fue el mestizo amarillo, el de las costillas. Le olió la mano, la lamió una vez, se echó contra su pierna.
Después los demás, de a uno, sin apuro.
Afuera, en algún punto bajo sus pies, el río seguía.
Emanuel Elías Sánchez es escritor y estudiante de Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Su escritura transita el fantástico y la ciencia ficción como modos de interrogar la realidad social y la experiencia humana, en el cruce entre tecnología y lenguaje. Ha obtenido el primer premio en el certamen “Memorias de Cromañón” (Provincia de Buenos Aires) con República Olvidada, y el primer puesto en “A la Luz de Rusiñol” (Aranjuez, España) con El verde que quedó ciego. Su novela La daga de Tugia alcanzó el segundo puesto en el V Premio Internacional de Novela Ciudad Ibera de Tugia. Su cuento Isóbatas de sangre integra la Antología de Fantasía Obscura de Kannonical Editores. Entre sus obras figuran también Nueva Venecia y Despertar.


