Literatura
Narrativa
octubre 2025
No cierres los ojos
por Zero Probabilidad
“La vida no trae instrucciones, solo sueños que arden y principios que nos sostienen.”
La ciudad ha adormecido los sueños e ideales de todos. O mejor dicho: los ha desaparecido.
Cada día se manifiesta esa indiferencia que erosiona lo humano, esa que te obliga a preguntarte, una y otra vez, si todavía somos capaces de sentir algo auténtico. Vivimos atiborrados de sucesos: impactantes, inmediatos, insólitos, fugaces… tantos que se amontonan uno sobre otro hasta solo volverse ruido. ¿Hay alguna manera de romper ese muro de apatía? ¿De volver a sentir como antes, cuando el dolor ajeno aún nos conmovía? ¿Por qué algunas muertes nos estremecen y otras apenas son una estadística? ¿Acaso no somos todos personas, portadores de una historia, de una voz, de un valor? ¿En qué momento dejamos de vernos como iguales? Miles de preguntas emergen, cuestionándonos como especie:
¿Qué es lo que realmente nos hace humanos? ¿Cuál es el valor de nuestra humanidad?
Crecí dentro de ella como se crece en una jaula sin saber que estás enjaulado. Muchos decoran esa jaula, la pintan, la adornan… pero al final sigue siendo una jaula, aunque esté hecha de oro. Respiré el aire turbio de avenidas donde los cuerpos son solo cifras, los gritos se diluyen con la música a todo volumen, y el horror se esconde tras bardas cubiertas de anuncios de felicidad. Vi cómo el miedo se administraba como medicina, en dosis precisas, para mantenernos obedientes. Es inverosímil que en la búsqueda de una vida mejor puedan incluso despojarte de la vida misma.
Durante mucho tiempo ignoré lo que realmente ocurría. Me decía a mí mismo que no pertenecía, que si negaba lo que pasaba a mi alrededor, tal vez podría salvarme. Que si solo observaba, si me mantenía al margen, el mal no me alcanzaría. Como si el silencio fuera una barrera. Como si la pasividad pudiera protegerme. Una forma mezquina de intentar mantener la poca dignidad que queda intacta. Pero la ciudad me miraba. Y sus ojos no parpadeaban. Me observaba fríamente, como un cazador a su presa y en esa mirada, entendí que el dolor ajeno también me pertenece: La angustia de una madre buscando a su hijo.
Las personas que nunca volverán a casa. Los cuerpos olvidados. Los rostros sin nombre.
Y el ego de quienes lucran con ese mismo dolor. ¿Acaso sienten algo? Comprendí entonces que la inacción también deja manchas. Que quien no alza la voz termina siendo eco del que grita más fuerte. Y en esta ciudad, gritan más alto quienes tienen más armas… o más hambre. Y en medio de ese caos, de esa locura, algo dentro de mí cambió. Comprendí que, si quería encontrar la verdadera libertad —una herramienta con la que pudiera luchar—, debía alejarme de la indiferencia. No la libertad que predican los poderosos. No la que se vende en discursos vacíos. Sino una libertad más profunda, la que nace cuando uno actúa con conciencia. Cuando decide hacer el bien, incluso dentro de un sistema que lo devora todo. Una libertad que florece en el alma, aunque la ciudad intente marchitarla.
A veces me pregunto si basta con que los malos desaparezcan. He visto rostros que sembraron el terror terminar aplastados por el mismo sistema que los crió. Sus muertes fueron anónimas, rápidas, olvidadas. ¿Eso es justicia? ¿Un cuerpo más en el pavimento? ¿Una cifra más en las noticias? Me queda claro que no es suficiente. La muerte no limpia lo que hicieron. No devuelve a quienes se perdieron por su culpa, ni borra el miedo que dejaron. Y sin embargo, muchos celebran esos finales, como si el dolor pudiera saldarse así, con sangre. Y ahí entendí que no quería ser parte de esa cadena interminable de violencia y olvido. No quiero venganza, ni tampoco quiero olvidar. Quiero entender cómo sobrevivimos sin matarnos por dentro. Quiero encontrar otra forma de resistir que no sea callar, o fingir que todo está bien mientras la ciudad se desmorona sobre nuestras espaldas.
La verdadera libertad no está en romper las reglas que nos impusieron, sino en no permitir que nos quiebren el alma. En mirar de frente y seguir caminando, sin dejar que el odio nos convierta en aquello que juramos destruir. Por eso ahora, cada vez que salgo a la calle, intento hacer algo distinto. Escuchar, hablar, tender la mano… aunque sea un gesto pequeño, aunque pase desapercibido. Me he cruzado tantas veces con la misma situación, siempre en distintas circunstancias, que empiezo a pensar que hay algo de destino en ello. ¿Y si yo no estuviera ahí? ¿Alguien más se detendría? ¿Alguien más haría lo que yo hice? Pero de eso se trata: de hacer el bien aunque nadie lo vea, de resistir por más duro que sea, aunque no recibas nada a cambio. Pocos se atreven a sostener esa forma de vida. Y aun así, incluso una hermosa mañana no necesita los elogios de nadie para ser hermosa. Así también es la bondad: no espera aplausos, simplemente existe
Y si en medio del caos, de la prisa, de la indiferencia generalizada, un solo gesto puede tocar un alma, entonces habrá valido la pena. Porque quizás no podamos cambiar el mundo entero, pero sí podemos cambiar el momento de alguien. Y ese instante —mínimo, silencioso, invisible— también es revolución. Porque entendí que resistir también es crear. Que no hacer nada es dejar que todo siga igual. Y yo ya no quiero vivir en una ciudad donde lo peor que podemos hacer… es no hacer nada. ¿No es esa la forma más cruel de justicia? El verdadero castigo, me dije, no es la muerte. Es la indiferencia. Es saberse culpable, saberse inmóvil, saberse parte. Recordé cada vez que no hablé, cada vez que aparté la mirada, cada vez que me dije: “No es mi problema”, “No es mi culpa”, “No soy yo”. Y por fin pude ver que esos ojos que no cierran no están allá afuera. Están dentro de mí. Ya no pude dormir. Ya no pude callar. Y entonces entendí algo aún más aterrador: que el sistema teme al hombre libre, pero odia aún más al hombre bueno. Porque el hombre bueno no necesita reglas para saber lo que está bien. Porque el hombre bueno desobedece cuando obedecer significa traicionarse. Porque el hombre bueno ve a través de las mentiras, y ya no se deja comprar por comodidad ni miedo. Así que decidí hacer el bien. No por redención. No por valentía. Sino porque ya no podía vivir de otra manera. Porque en esta ciudad hecha de ojos y sombras, el bien es el único acto verdaderamente subversivo. El único grito que aún no han podido silenciar.
Comprendí que la libertad que tanto anhelaba no era esa que el sistema prometía: trabajar, consumir, callar. Esa era solo una ilusión construida para adormecernos, para domesticarnos con promesas vacías y futuros que nunca llegan. La verdadera libertad implicaba despertar. Implicaba elegir con consciencia, mirar de frente a la ciudad que nos traga día a día y no dejar que me convierta en uno más de sus fantasmas. No se trataba de huir, sino de resistir. De encontrar belleza incluso en medio del caos. De escuchar el silencio detrás del ruido, de caminar entre las ruinas con los ojos abiertos y el corazón encendido. Ya no quiero ser un espectador. No quiero vivir anestesiado. Si este mundo insiste en volverse de piedra, yo me prometo a mí mismo no endurecerme. Que mi voz tiemble, pero que nunca calle. Que mi humanidad, en este lugar donde parece estar prohibida, sea mi forma más clara de rebeldía. Tal vez no cambie el mundo. Pero si logro mantenerme despierto, si logro amar incluso entre escombros, entonces habré encontrado esa libertad que tanto nos han arrebatado: la de ser uno mismo, aunque duela.
Hoy no escribo para buscar justicia, porque en una ciudad así, la justicia es apenas una sombra. Tampoco escribo para señalar a los culpables, porque ya sabemos quiénes son. Escribo para no olvidar. Para que al menos en mi memoria, los cuerpos tengan nombre, los gritos tengan rostro, y el miedo no nos vuelva cómodos. Porque, a pesar de todo, aún creo en el bien. No el bien perfecto, heroico, cinematográfico. Sino el bien real: el que comienza por atreverse a mirar, a sentir, y a actuar. Y tal vez, solo tal vez, si alguien más despierta, esta ciudad dejará de ser una jaula… y empezará a ser un lugar donde vivir no duela tanto.
Armando Missael Pérez Jardón, conocido también como Zero Probabilidad , es un joven escritor y estudiante de Ingeniería Mecánica con un profundo interés por la literatura, la poesía y la reflexión sobre la vida cotidiana. A lo largo de su trayectoria ha participado en concursos literarios, obteniendo reconocimientos por su creatividad y estilo personal. Su trabajo combina la exploración de experiencias humanas con una sensibilidad estética que busca conectar con los lectores. Además de la escritura, Zero se interesa por las distintas artes qué existen y la investigación, aspectos que enriquecen su visión del mundo y su obra literaria.

