Literatura
Narrativa
octubre 2025
Una familia normal
por Fabian Fernández Madero
Una sola vez vi a papá enojado. Empujó a mamá, dio un portazo y se fue. Nunca más lo vi enojado, jamás nos gritó. Nos explicaba el porqué de todo: por qué ir al colegio, terminar lo que habíamos empezado, lavarnos los dientes, razonar en vez de estudiar de memoria. No sé… creo que mi vocación de psicóloga se la debo a él.
Mamá era más figuretti. Se fijaba en los detalles. Decía: «¿Qué van a decir si te ven así? O si llegás tarde, inventá una excusa, no hay que quedar mal». Cosas por el estilo.
Un día, estaba encerrada en mi habitación, estudiando para un final. Camilo, tenía 14 años. Entró, me miró por un segundo y preguntó:
—¿Estás estudiando?
—Estaba repasando, Cami, pero ¿qué necesitás?
—Hablar con vos —hizo una pausa—, pero mejor lo dejamos para otro día.
Camilo era inseguro. En casa hablaba de todo pero no te contaba nada personal. Nunca supe qué le gustaba. Cuando estaba con papá, no sabías si era porque le agradaba estar con él o porque era obediente. Si estaba con mamá, podrías sospechar que era por interés, pero jamás dijo si lo disfrutaba o le daba igual.
Pensé: «¿Hablar conmigo? Desde cuándo este pibe quiere hablar. Seguro tiene un sapo atragantado». Así que le contesté:
—Pasá. Cerrá la puerta —cerré el libro sabiendo que trasnocharía y continué— y charlemos.
Siempre estuvo medio perdido, quiero decir, como que todo le daba igual. Mamá lo apañaba. No era caprichoso, pero le daba todos los gustos y él terminaba haciendo lo que quería. En cambio con papá, era un soldadito. Le obedecía sin chistar.
Cerró la puerta, pero se quedó agarrando el picaporte. Después se apoyó en la puerta y, señalándome con el dedo, dijo:
—Que no se te ocurra reírte de mí.
—¡Jamás! ¿Qué te está pasando?
—Me parece que me gustan los chicos —dijo bajando la mirada.
Después de tragar para acomodar mis latidos y mis palabras, le contesté:
—Ajá… ¿Y en qué te basás para decir eso?
—¿En qué me baso? —Levantó la vista hacia el techo—. No sé —hizo una pausa, volvió a mirarme y continuó—. Cuando hablo con los chicos, todos dicen: «Las tetas de tal están buenas o el culo de la otra». Se quedan mirándolas como idiotas. Casi todos debutaron. Yo… —volvió a mirar el piso.
—Cami, no es una carrera. Además, ¿cuándo ves a un chico sentís que te gusta?
—No sé. No me disgustan.
—¿Y las chicas te disgustan?
—No sé —otra pausa—. No. Pero tampoco me la paso mirando tetas y culos.
—Eso no te hace gay.
—Pero me la paso mintiendo —su voz sonaba entrecortada.
—¿A quién le mentís? Vení. Sentate acá, a mi lado.
—A los chic… —No pudo continuar por su llanto.
Fui a su lado y lo abracé. Él también me abrazó, fuimos hasta mi cama y nos sentamos.
—¿Qué mentiras les decís?
—Cuando me preguntan si me gustan los culos y las tetas —me contestó, secándose las lágrimas.
—Quizá todavía nadie te cautivó, eso es todo. Cuando la persona indicada llegue a tu vida, va a moverte la estantería de tal manera que todo va a temblar. Tu corazón dirá: «Acá estoy». Vas a perder la fuerza de gravedad. Vas a querer estar con esa persona y te va a dar lo mismo llorar que reír, porque la motivación será compartir todo. Si es varón o es mujer, da igual.
Mamá golpeó mi puerta y preguntó:
—¿Sabés dónde está Cami?
—Estamos charlando, má.
Mamá abrió la puerta, nos miró y preguntó:
—¿Qué está pasando acá?
—¡Mamá! Permiso. Es mi dormitorio. Estamos hablando. Por favor, no interrumpas.
—¿Cómo? Esta es mi casa. Son mis hijos y quiero saber qué está pasando.
—Mamá, es mi dormitorio. Estás invadiendo mi privacidad. Estoy hablando con Cami, no con vos. ¿Podés dejarnos en paz? —Levantando mucho los párpados—¡Por favor, mamá!
—¡Lo único que faltaba! Que me dejen de lado. ¡Faltaba más!
—Mamá…
—¿Qué? ¡Díganme que está pasando! Tengo derecho a saber.
—¡Mamá, basta! ¿Podés dejarnos hablar a solas?
Papá apareció en escena e intervino:
—¿Inés, qué está pasando?
—Preguntale a estos mocosos. Están hablando y no me quieren decir de qué —levantó la pera y se quedó mirando a la nada.
—¿Alguien puede explicarme?
—Sí papá. Estábamos hablando con Cami, la puerta estaba cerrada. Mamá entró sin pedir permiso y quiere saber pero es una conversación entre hermanos.
—Perfecto. Perdón. Inés, pedí disculpas y dejalos solos.
—¿Cómo? ¿No querés saber por qué Cami lloraba?
Papá nos miró. Fruncí el ceño y puse mi índice sobre mis labios, apuntando hacia mi nariz.
—No me importa. Dejalos, Inés, y pedí disculpas.
—¿Cómo que no te importa? ¡Te digo que Cami estaba llorando!
—¡Si te digo que no me importa, es porque así es!
Empujó a mamá fuera del dormitorio y cerró con fuerza la puerta tras de sí. Nunca había visto a papá así de enojado, y nunca más lo volví a ver así. Lo adoré, pero me asusté un poco también. Cami me dijo:
—Yo creía que éramos una familia normal.
—Somos una familia normal. ¿Vos crees que existen las familias sin conflictos? No, lo normal es que haya conflictos. Lo normal es que dudes. Lo normal es que no veas todo claro. Lo normal es que nos cueste expresar lo que sentimos. Pero sí que vale la pena abrirse cuando tenemos una duda.
—Pero mamá me va a decir que soy un maricuete, por eso vine a hablar con vos, igual la cagué. Si hablaba con papá… mirá cómo se enojó.
—Con mamá, no con vos. Mamá tiene más miedo que vos. No sabe lo que quiere, por eso quiere agradar a los demás. Papá… es otra cosa. Sería bueno que hablaras con él.
—No sé… va a empezar con que mamá me malcría.
—Papá jamás te diría eso. Papá te adora, te acompaña al club, juega a la pelota con vos. ¿Alguna vez lo viste viendo fútbol? No le va a importar quién te guste, sino verte feliz.
—¿En serio pensás eso?
—Hablá con papá, te aseguro que vas a recordarlo toda la vida.

