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Narrativa
marzo 2022

Cómo desaparecer parcialmente
Salgado  

La última época de mi abuela fue un sube y baja. Había semanas en que parecía recuperada, y hasta rejuvenecida; y otras en las que era mejor irse despidiendo, cada visita  podía ser la última. Sufría diabetes tipo 1, y en la última época se sumó el diagnóstico  de insuficiencia cardíaca. Según mi madre, menos de la mitad del corazón funcionaba,  el resto estaba agarrotado. 

 —¿Así dijo el cardiólogo?  

 —En realidad, dijo “como piedra”.  

 La vida de mi abuela fue dura, tuvo un marido −mi abuelo− violento y manipulador. Cuando mis tíos crecieron trataron de alejarla de él, de que se separara de una vez  por todas. Pero ella siempre volvía. Solo logró cortar el vínculo cuando mi abuelo la  dejó por una mujer más joven. Fue entonces que mi madre se la llevó a vivir con ella.  Hizo construir un baño más, exclusivo para mi abuela, y en la última época, por inter medio del PAMI, consiguió una cama regulable y un colchón anti-escaras, para que  estuviera lo más cómoda posible.  

Yo era el nieto favorito de mi abuela. Me había ganado ese estatus siendo chico.  Hubo un tiempo –yo tenía dos años− en que quedé al cuidado de mis abuelos. Quizás el  último periodo en el que fueron felices. Mi madre contaba que cuando llegó a buscarme,  para que vuelva a vivir con ella, ambos lloraban, desconsolados, no querían que me fuera.  De grande no hice nada para validar ese favoritismo, siempre fui más bien frío y distante. Incluso en la última época de mi abuela, en ese sube y baja. Nunca pude volver a  conectar con ella.

Mi madre usaba artillería pesada, del tipo “Es tu segunda mamá, no sabés cómo  lloraba el día que te fui a buscar. ¿Cuándo vas a venir? Siempre pregunta por vos”. Entonces me hacía un tiempo y la visitaba. Preparaba mates y trataba de hacerla reír. Era  una tarea difícil porque le dolía todo y comenzaba a olvidarse de cosas, y, peor aún, a  darse cuenta de que se olvidaba de cosas.  

 Mi abuela tenía un saludo invariable, y literal: ¿Cómo anda su salud? Eso era lo  que más le importaba, la salud. Siempre fue enfermiza. Cuando tenía quince años quedó  ciega por una semana. Le hicieron un daño, “pisó” algo que en realidad estaba destinado  a su padre. La curandera que le devolvió la vista se lo dijo. Aunque en realidad nunca  recuperó la visión del todo. Tuvo que usar anteojos de vidrio grueso por el resto de su  vida. Luego conoció a mi abuelo y vinieron los cinco hijos, uno detrás de otro. En todas  las fotos, mi abuela es una anciana. No importa la edad que tenga.  

 En la última época se movía con un andador, y cuando me saludaba con esa frase suya, yo contestaba, “Bien, bien”, y cambiaba de tema. Era incapaz de hablar de dolor o sufrimiento.  

Antes de que su memoria empezara a trabarse, solía recordarme las payasadas  que hacía de chico, las canciones que cantaba, las ocurrencias. Había una canción chilena, un recitado, en el que me subía a una silla y gritaba: “¡Dónde pisa este roto, el suelo  se echa a temblar!”, y después venía un insulto y un zapateo. Mi gran acto. “Era muy  gracioso este carlitos”, decía.  

En la última época, casi ni hablaba. O hablaba de su gata, una gata que yo le  conseguí, toda blanca. Los gatos de un solo color suelen tener problemas. Esa gata resultó ser sorda. Se quejaba de esa gata defectuosa delante de mí. No recordaba que yo se  la había regalado.  

 Una parte de su memoria nunca funcionó: la llegada a Argentina. Ese periodo,  los por qué, siempre estuvieron ocultos. Por mi madre supe que mis abuelos con todos  sus hijos llegaron a Argentina escapando de Pinochet. Participaron activamente en la  reforma agraria de Allende. Uno de mis tíos y mi abuelo colaboraron en la expulsión de  los dueños de un “fundo” en la zona de Osorno. Un episodio que mi madre contaba con  vergüenza. “No les dejaron sacar nada. Los dueños se fueron con lo que tenían puesto.”.  Cuando Pinochet dio el golpe, alcanzaron a escapar. Cada vez que quise hablar del tema  con mi abuela, dijo que no recordaba.  

 Ahora todo estaba cayendo en ese mismo hueco, el sótano de su memoria.    

Una noche mi madre me escribió diciendo que había llamado a la ambulancia.  En esa época mi abuela entraba y salía de terapia. El sube y baja. Al otro día, al salir del  trabajo, fui a visitarla al hospital. En la sala de espera estaban mis tíos y algunos de mis  primos. Me daba bronca ver las caras largas, que hablaran en susurros, como sin fuerza.  No era la primera vez que mi abuela estaba en terapia y seguramente no sería la última.  Llegó mi turno. Era una especie de relevo, adentro estaba mi primo Claudio. Al entrar,  él tendría que salir. Permitían una visita por vez. Caminé por un pasillo largo y silencioso. Cuando entré en el cuarto, el número 22, me impresionó ver lo mal que estaba mi abuela. Era piel y huesos, se adivinaba todo el cráneo, y los ojos parecían a punto de  caer. Claudio sacudió la cabeza y mi abuela, con una voz de polvo, me dijo: “Hola,  Claudito, que bueno que viniste”. Miré a mi primo. “¡Ahora somos dos Claudios!”, dije.  Él puso cara de enojo. No quedaba bien reírse en terapia.  

 Mi abuela se recuperó de esa internación y vino una nueva época buena. La  última. Mi madre a veces volvía con el asunto de que preguntaba por mí, pero era mentira. Yo había ido a parar al mismo lugar que la reforma agraria de Allende o la huida de Chile, al menos en mi fase adulta. Quizás quedara en su memoria el recuerdo de un  “chiquillo” que recitaba. De hecho, una de las cosas que mi madre me contó de la agonía de mi abuela —antes de que yo le dijera que prefería no seguir hablando del tema—  fue que a veces la confundía, y le pedía que cantara esa canción del roto. Para mi madre  fue muy duro, se moría de tristeza de que mi abuela no lograra reconocerla, que no acertara ni el nombre.  

-¡Soy yo, mamá, Ruth, tu hija! -decía llorando. No le hacía ninguna gracia des aparecer.

 

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Carlos Salgado nació y se crió en San Carlos de Bariloche. Actualmente vive en el Alto Valle de Río Negro, en la ciudad de Cinco Saltos. Es profesor en Letras (UNCo) y Diploma superior en Ciencias Sociales (Flacso). Su ocupación principal es la docencia. Ha sido galardonado en diversos concursos de poesía y cuento. Actualmente prepara la edición de su primera novela Eso que pasa mientras (seleccionada en la 3ra convocatoria editorial YZUR). Cómo desaparecer parcialmente forma parte de Servicio de mudanza, libro de relatos inédito.

 

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