Literatura
Reseña literaria
febrero 2026
Las tizas partidas pero la esperanza intacta: la escuela resiste porque sueña
Reseña literaria a Tizas partidas de Karina Piriz
Tizas partidas es el segundo libro de la escritora matancera Karina Piriz, quien, con una mirada ácida, vuelve a enfrentarnos a relatos que abordan la cruda realidad de la educación. Los personajes transitan experiencias jocosas, íntimas y de denuncia. Tras desempeñarse durante más de treinta años en el sistema educativo de la provincia de Buenos Aires, la autora construye estos relatos ficcionalizados, con la autoridad y conocimiento que le confiere su experiencia personal. El estilo literario de la autora dialoga con la crónica, la ficción histórica, el ensayo y la escritura del Yo, porque dichos géneros le permiten explorar una narrativa honesta. Literatura que avanza sobre el terreno social, realidad ficcionada, crónicas que denuncian las carencias donde el docente sostiene el deseo de aprender y donde muchas veces debe hacer uso de la gran convicción que posee en su labor para poder afrontar el trabajo diario.
Una madre planifica sus clases mientras “hace que mira la tele con los chicos”; su esposo prepara sándwiches de fiambre porque toda la familia recorta cartelitos para el día del niño; los padres de la escuela del barrio exigen a la escuela lo que ellos no pueden enseñar en sus hogares; la escuela de los suburbios oficia de centro de atenciòn primaria de la violencia de género y gabinete de atenciòn psicológica; padres que no comprenden que los maestros de la escuela pública no son sus empleados; enseñar a leer y escribir con cursiva, sin cursiva o sin anteojos; los trabajadores de la educación y auxiliares que encuentran en ese espacio la contención; familias que se forman, barrios que se construyen, parejas e hijos que crecen al amparo del sistema; la docencia en contextos democráticos y de represión; la escuela en contextos de pobreza y su asistencialismo y siempre, detrás de todo el amor a una profesión.
Así es, como los cuentos nos sumergen en la pasión de ser docente y las exigencias de cumplir con el rol de madre y esposa; la familia y su vínculo con la escuela pública; los valores éticos; la cotidianeidad escolar y su ecosistema; la historia de los barrios y sus héroes; las contradicciones del sistema educativo y la didáctica; las tragedias diarias; las condiciones laborales; los cambios burocráticos y la esperanza en que bajo cualquier circunstancia, la escuela pública es la que podrá salvar a nuestro pueblo de la desidia de sus dirigentes.
El guiso de trapo
Es adorable cómo en las escuelas se intenta tapar todos los agujeros. Por ejemplo, no hay agua, se cortó la luz y la bomba no subió el agua al tanque general, se deben pedir bidones al Consejo Escolar y dictar clases normalmente. Con dichos bidones las autoridades suponen que se puede higienizar los baños, beber y enjuagar la vajilla que se usa ese día. Es lógico que la supuesta medida paliativa nunca resuelve nada. La provisión de los bidones no es inmediata, ni siquiera al día siguiente. Todas las soluciones fluyen realmente cuando se toma la determinación de suspender las clases, salvo, que sea una comunidad muy «picante» en la cual dicha interrupción genere un problema más grave a nivel jurisdiccional. Si por lo pronto, es una escuelita olvidada, a la que a ningún político le interesa para sacar rédito de nada, no hace mecha un día más o menos de clases. El agua en bidones en general nunca llega. Solamente hay que esperar que el tanque se llene al día siguiente y todo fluye. De la misma forma, si se rompe un caño y no hay agua en los baños, no hay problema. Se sigue dando clases y hay que tomar la precaución de llevarse un balde con agua, para tirar, tras haber evacuado las necesidades. Por supuesto que si esto ocurre en el baño de los niños, apenas se ensucie, será la auxiliar quien deberá asistir a la higiene del mismo. Tremenda será la bronca si aquel agente de la educación argentina está solo en el servicio porque como es habitual faltaron todos sus compañeros. ¡Ahí no esperes nada! El ausentismo de cualquier personal de la escuela debe ser cubierto por el compañero. Por ejemplo, faltan todos los auxiliares menos uno. Ese debe suplir las actividades de todos. De la misma manera, si falta el 30% de los maestros diariamente, los niños deben tomar clases estando a cargo de la Directora, el bibliotecario u otros maestros. Bien es sabido que esto difícilmente se cumple a rajatabla, porque cada vez es más difícil suplir con una persona lo que harían tres. Se siguen tapando los agujeros de la falta de presupuesto, la flexibilidad de las normas, la precariedad de las condiciones de trabajo, la superpoblación de las aulas, etc. En las actividades de la cocina funciona igual. Nunca sobran las manos para cocinar, es bastante estresante tener que cocinar para 700 almas hambrientas, que quede rico y no se pase. La gente de cocina corre muchísimo por cumplir con tan noble función.
La verdad que yo nunca menosprecié el trabajo de mis compañeros auxiliares porque de ellos dependen las circunstancias básicas de vivir el trabajo en un contexto más agradable: aulas limpias, el olorcito a querosén al ingresar a la escuela, el mate cocido dulce y caliente de las mañanas y la comida sabrosa del mediodía. Esto último siempre lo voy a destacar. La comida de la escuela tiene ese gustito tan especial que la hace única. Debe ser el único lugar en el cual los maestros degustamos guisos de todo tenor. En invierno es infaltable el guiso de lentejas, ¡hasta trae chorizo colorado! Las papitas cortadas en cubos pequeños, se mezclan con la zanahoria y las lentejas remojadas desde el día anterior. Por lo general se pica todo el día previo y llegado el viernes se monta todo en la olla de 20 litros que empieza a hervir aproximadamente a las 10 horas, momento del segundo recreo e instante en el cual la panza empieza a hacer ruido y los jugos gástricos van pidiendo que ese ricor ingrese cuanto antes. El olorcito de la cebolla rehogada y luego hirviendo en la salsa de tomate inunda la escuela y todos sabemos cuál será el menú del día. Nada mejor para una mañana gris, en medio del frío intenso de julio.
Tal fue el caso que un día, habiendo llegado al final de la fuente profunda de acero, casi raspando lo último que quedaba para poder salvar mi almuerzo, vino en la magra cucharada un pedazo de repasador que cumplía las funciones de tapón al agujero que tenía la fuente.
Karina Piriz. Nació en 1971 en Buenos Aires, Argentina. Es licenciada en Letras y especialista en Enseñanza de Español por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Editora y correctora en diversos ámbitos editoriales, tanto públicos como privados. Ha desarrollado la tarea docente como maestra, profesora de Literatura y directora de escuela. Como escritora, ha sido seleccionada en antologías literarias de Argentina, España y Latinoamérica. Es parte del Colectivo Autores de La Matanza. Participa del Taller literario/Editorial Experiencia Letras. https://locuazmudez.blogspot.com/

