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diciembre 2025

PERRO EN LA VENTANA
por Tomás Veizaga 

 

Antonio disparó, pero no dio en el blanco.

—No le achuntai a ninguna —dijo su jefe, don Leonardo. Cuando se enteró en la oficina de que Antonio tenía un rifle, decidió invitarlo a su parcela a disparar—. Cáchate esta.

Don Leonardo levantó su fusil americano de culata negra, puso la botella en el centro de la mira telescópica y disparó. El vidrio reventó en mil pedazos.

No pudo menos que felicitar a su jefe. Había sido un buen tiro, pero para don Leonardo el tema acá no era la habilidad, si no la calidad del arma de fuego:

—Ese rifle que tú tenís es alemán y todo, pero está muy viejo. Vo necesitai uno de estos: americano.

Antonio admiró el arma de su jefe, con la boca un poco abierta.

Caminaron hacia el paredón para poner más botellas, mientras don Leonardo seguía con su perorata sobre la procedencia de las armas, y la implicancia que esto tenía. Dijo que era un tema de patriotismo y que, de hecho, Antonio le caía bien precisamente porque sabía que él también era un patriota.

Siguieron disparando durante una hora más. Durante todo este tiempo Antonio no podía evitar elogiar la casa de su jefe, lo grande del terreno, y lo maravilloso que era su fusil americano. Le preguntó por la marca, pero no entendió bien la respuesta, por lo que decidió no preguntar de nuevo.

En un momento don Leonardo le preguntó si tenía hijos, familia…

—Una exesposa y un hijo de veinte —contestó Antonio.

La pregunta siguiente tenía que ver con la ocupación actual de su hijo.

—Está estudiando en Alemania. Se ganó una beca… sociología creo que estudia.

—¡Buena! ¿Y? ¿Estai orgulloso?

—Sí. Obvio —respondió Antonio, y apuntó para disparare a otra botella. 

Falló casi todos los tiros.

Antes de la despedida, su jefe le dijo que si seguía haciendo un buen trabajo, el próximo año sería ascendido. Esto hizo que su empleado se sintiera como tocado por un dedo divino. 

Decidió ahorrar duramente para comprarse un rifle como el que tenía don Leonardo. 

Volvió al trabajo con la idea fija en su mente: ahorrar para comprar un fusil de esa marca.

Un día pasó por una armería que quedaba cerca del edificio donde vivía, en el centro. No la escogió tanto por cercanía si no porque le pareció que podía ser discreta y barata. Pidió un catálogo, pero como no sabía pronunciar la marca que le había dicho don Leonardo, solo repitió lo que creyó haber oído ese día: 

—Busco un «esmitigüeso» —dijo, sintiéndose torpe y con pocas expectativas—. Un catálogo, o algo así. Para comprarlo después. Porfa.

—¡Ah! Un «esmitangüeson» —respondió el locatario, para sorpresa de Antonio—, sí, señor, acá tiene un folleto.

—Necesito un permiso, ¿verdad?

—¿Usted ya tiene un arma?

—Sí. Mi abuelo me dejó un…

—Entonces ya tiene permiso.

Antonio recibió un tríptico y se fue. Cuando llegó a su departamento, se percató de que estaba todo escrito en inglés, por lo que no pudo leerlo. Sin embargo, entendía los precios y las fotos, y así pudo encontrar justo lo que quería. La consideró un arma sensual, de cañón largo y culata negra, casi igual a la de don Leonardo. 

Se imaginaba algún día llegando de invitado una segunda vez a la parcela de su jefe, y mostrándole orgulloso cómo él también, con trabajo y esfuerzo, había podido comprarse un verdadero rifle americano, original, con garantía, boleta y todo eso. Con tal calidad de arma no podía fallar los tiros, esto podía cambiarlo todo. Sería algo diametralmente distinto a la vida que llevaba con la «conejera» que le había legado su abuelo. 

Y con tal demostración tendría asegurado su ascenso el próximo año, sin duda. O mejor aún, la amistad de su jefe.

El lunes siguiente salió a trabajar y lo primero que vio cuando cruzó la calle fue un perro blanco de orejas paradas, asomado de una ventana en el segundo piso del edificio del frente. Él también vivía en un segundo piso, pero nunca había visto al animal. Pensó que sería una mascota nueva.

El perro estaba parado sobre un sofá tapizado con flores, y llevaba un corbatín azul en el cuello. Antonio no sabía nada del tema, pero intuía que debía ser de alguna raza cara. Lo consideró un mimado, un maricón, y pensó en su hijo. Seguramente seguiría viviendo con su mamá, en la casa que él había aportado a la ex sociedad conyugal. Se imaginó un rifle, no la «conejera» que aún tenía, sino el futuro «esmitigüeso» de culata negra que había escogido del catálogo. Puso al perro al otro lado de la mirilla telescópica y apuntó en medio de ambos ojillos negros, perfectamente redondos. ¿Era todo perfecto en las demás casas? Eran ojos de bestia consentida, de eunuco perfumado, recostado viendo tele todo el día entre pilas de almohadas, dilapidándolo todo. Por eso prefería decirle a sus amigos que se había ido de intercambio a Alemania, beneficiario de una beca. Como si ese vago fuera capaz de ganarse una.

Y más encima, ese animal traidor se había puesto del lado de su madre a la hora del divorcio. Lo planearon todo de esa manera, para que ella pudiera cobrarle a él una pensión de alimentos, él no pudiera pagarla y finalmente tuviera que entregar como pago la casa. Así lo sacaron de su propio hogar. De qué clase de perrera había sacado su ex unos abogados así, Antonio nunca lo supo. Antes de que le dieran con todo, él pensaba que esas cosas pasaban solo en las películas.

Bajó los brazos cuando escuchó que alguien se acercaba. Aún estaba en la calle. Era muy temprano y los primeros madrugadores ya estaban empezando a salir de sus casas. Antonio había estado gesticulando, apuntándole al perro con su rifle imaginario. El tipo que se aproximaba pasó a su lado y lo miró divertido, pero él escupió y lo ignoró, farfullando maldiciones. Luego apretó el paso y se dirigió al Metro.

Durante todo el trayecto no pudo dejar de pensar en el perro.

Le tomó tres meses comprarse el rifle, y una semana aprender a pronunciar «Smith & Wesson». Fue un tiempo de privaciones: sin estufa, caminando harto, sin pedir comida a domicilio, mucho arroz y legumbres, poca carne… en lo único que no pudo (o no quiso) ahorrar fue en su whisky de cada día. Le parecía importante mantener cierta elegancia respecto a su consumo de alcohol.

Durante ese invierno, cada fría mañana que salía de su casa al trabajo, le parecía casi un insulto que el perro del frente estuviera ahí en la ventana, mirándolo y recordándole a su hijo. Seguramente ese animal tendría prendida su calefacción central. Él, en cambio, tenía que dormir con gorro de pólar. La ventana se veía empañada y el perro le sacaba la lengua, acalorado, burlesco.

Una vez adquirido el rifle, quiso celebrar. 

Llenó de bencina el estanque de su auto, fue a una peluquería y después a un lavado automático. Mientras los rodillos le enjuagaban la carrocería, él tomaba whisky y escuchaba canciones en inglés. Después fue a un Teletrak e hizo algunas apuestas, pero perdió todas. 

Volvió al auto y se estacionó en una plaza cerca de la casa que se suponía que aún era de él, pero no podía usar. La casa donde vivía su ex y su hijo. Antonio la había comprado con todo lo que tenía ahorrado en esos momentos, más una deuda que arrastró por más de doce años. Y ahora, no podía ni acercarse. Más encima, cada trimestre le seguían cobrando las contribuciones.

Siguió tomando whisky de la botella, hasta que le dieron ganas de levantar a una prostituta de la calle, y eso fue exactamente lo que hizo.

Iban camino a un motel cuando chocaron con un poste.

Antonio no sufrió mayores daños, salvo una contusión en la cabeza. Sin embargo, su acompañante perdió los incisivos y lo amenazó con un escándalo. Se la sacó de encima con plata en efectivo, ella le tomó una foto a su cédula de identidad y lo obligó a prometerle el pago futuro del tratamiento dental.

Habían chocado en un sitio apartado, por lo que nadie vio el accidente, pero el auto ya no encendía. La mujer se fue caminando, luego de los insultos y promesas de rigor. Antonio se quedó solo y estaba desesperado, porque había tomado mucho y si llegaba la policía le harían una alcoholemia y se iría detenido. Su único consuelo era que se sentía agradecido por haber decidido llevar a la puta a un motel alejado de la ciudad, en lugar de exponer su departamento. 

Decidió limpiar el manubrio con la manga de su chaleco, luego hizo lo mismo con las manillas de las puertas. Tiró la botella lejos, entre unos matorrales. Sacó todas sus pertenencias del auto, caminó varias cuadras hasta una calle concurrida y después tomó un taxi.

Temprano al día siguiente, pensó ir a una comisaría a denunciar el robo de su vehículo, pero no se atrevió. De lo que no pudo salvarse fue de ir al doctor, porque le dolía mucho la cabeza y el cuello, además de empezar a tener un derrame en el ojo izquierdo.

Resultó que tenía una pequeña fractura en el cráneo, por lo que fue obligado a guardar reposo absoluto. También se le prescribieron medicamentos de rigor.

Sin embargo, lo que más le afectó fue que, al ir a presentar la licencia médica de ocho semanas, don Leonardo no había puesto buena cara. ¡Ni siquiera le preguntó cómo se sentía! 

—Bueno, nada que hacer, qué mala pata. —Había dicho, con cara de dolor de muelas y examinándolo de pies a cabeza, deteniéndose particularmente en el vendaje del cráneo y el cuello ortopédico. 

Luego le recibió el papel, le deseó suerte y lo despachó rapidito, asegurando que estaba muy ocupado.

Antonio no acostumbraba pasar las mañanas en casa, los días de semana.

Desde antes del amanecer había estado acostado viendo una película de Rambo (una de las últimas, con un protagonista ya bastante demacrado, pero portando las mejores armas americanas) y tomando whisky de la botella. Ya habían pasado dos semanas desde el accidente, pero aún sufría de palpitaciones severas y el vendaje le molestaba cada día más. Respecto al cuello ortopédico, ya había perdido la paciencia. 

También tenía una deuda nueva: prótesis dentales para una prostituta con la cual nunca se acostó. Además, cuando había ido a recuperar el auto para poder al menos venderlo por partes, se encontró con un poste trizado, una mancha de aceite en el suelo y nada más. Había perdido su joyita.

Cuando terminó la película, ya estaba ebrio y bastante aburrido. Abrió el closet y sacó el rifle, su famoso Smith & Wesson, su nuevo regalón. Sacó un par de balas puntiagudas y las besó. Las introdujo en el arma y se metió al dormitorio que alguna vez fuera de su hijo. Se llevó la mano al bolsillo y se tomó dos analgésicos, sin agua.

La habitación estaba vacía, desmantelada, salvo por un cuadro que colgaba de la pared: un corcel negro con los ojos desorbitados. El loco de su hijo habría pintado eso, y se lo habría dejado como una especie de broma, seguramente. Antonio lo sacó y lo tiró al suelo, y entonces recordó por qué no lo había botado a la basura el día que volvió del trabajo y encontró ese dormitorio vacío. El cuadro ocultaba un agujero en el muro de concreto. Un agujero que le traía malos recuerdos. No quiso llamar a alguien para que lo reparara en ese momento, para evitar preguntas, y posteriormente había quedado en el olvido, pues nunca más entró a esa pieza. Era un impacto de bala.

Ahora, dadas las nuevas circunstancias, que la pared tuviera un hoyo apenas le importaba. Se alzó de hombros y se tomó un largo trago de whisky, y después otros dos más, todo el tiempo con el rifle cargado en la espalda, colgando de una correa de cuero que le recordaba a las carteras de su mamá. ¿Y por qué se acordaba de su madre, en ese preciso instante? ¿Acaso volvía al origen? Botella en mano, pateó el cuadro hasta un rincón y le roció whisky. Levantó la mirada y vio por la ventana el edificio del frente. En el segundo piso, bajo unas orejas puntiagudas, dos ojillos redondos lo miraban fijamente. 

Antonio se preguntó cómo podía ser posible que ese perro estuviera siempre pendiente de él. Tomó otro largo trago y abrió la ventana. El olor del aire y el ruido de los autos le hizo recordar los días de colegio en que hacía creer a su mamá que estaba enfermo, y se quedaba en casa durante toda la mañana, a veces cazando pájaros con su rifle de aire comprimido, a veces haciendo fogatas con algunos de sus compañeros de curso, en el cerro. Más de una vez se había metido en problemas, y ahora sentía una sensación similar en el pecho. 

Los ojillos lo miraban, llenos de burla. La cabeza le palpitaba con fuerza y estaba cansado de todo, y sin embargo, había tomado una decisión.

Descansó su hombro contra la pared, apoyó el arma contra la cornisa, puso con cuidado un dedo en el gatillo. Pensó que esta vez, al menos, no podría fallar.


Tomás Veizaga es un escritor chileno nacido en Antofagasta en 1990, cuenta con estudios en Literatura y Derecho. Ha publicado relatos, microcuentos, poemas, traducciones, ensayos y reseñas en diversos medios digitales y escritos, tanto chilenos como internacionales; entre ellos: Acta Literaria, Oropel, Letras de Chile, Nota al Margen, Carcaj, Antorcha Magacín, Montaje, Casapaís, El Coloso, Elipsis, etc.

 

Tomás Veizaga

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