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enero 2026

La niña de La Candelaria
de  Jonathan Herrera Ortega

La veo todos los días subir por la avenida en su camino para el colegio. Será un día  difícil, lo sé, la razón es porque ella viene a clases. “¿Para qué viene?”, me pregunto  desanimado, “¿si cuando viene no aprende y se la pasa molestando todo el tiempo y formando  peleas a la salida del colegio?”. La verdad es que la niña de La Candelaria hace mucho tiempo  dejó de interesarse por los temas escolares. Su rostro maquillado —hace que el delineador en  las cejas extienda y prolongue mucho más los párpados— simula unos ojos achinados, “la nena con mirada de gato”, así se atreven algunos a llamarla. Casi siempre utiliza una estrella  pequeña, brillante, al lado de una de sus cejas. No le gusta usar el uniforme. Se presenta al  colegio casi de particular, muchas veces con una camiseta blanca, arremangada, que le queda corta y escotada, mostrando un pequeño ombligo hundido en un abdomen delgado. 

Este año ha sido particularmente complicado para ella, con muchos problemas. No ha  tenido un buen rendimiento académico, sus notas no son buenas. Parece no importarle  demasiado, porque no está atenta a lo que ocurre en las clases. Muchos de nosotros andamos  prevenidos después de lo que pasó con Susana, la maestra provisional que solo duró tres  meses a principio de este año. La razón, el problema grave que tuvo con la niña de La  Candelaria. Me atreví a preguntarle. “Pues les pasa a las personas que no saben respetar. Yo  estaba calladita, me había dicho varias veces a mí misma, «no se meta en más problemas», una no sabe las consecuencias que pueda tomar una nena como a la que le puse la mano la  vez pasada; eso es un voltaje andar con paranoia por todo el colegio. Yo estaba juiciosita,  entraba a clases y hacía lo que tenía que hacer, esa era mi idea, cuando va y me dice: «Guarde el celular, ¿no ve qué estamos en evaluación?», así, pero revisajoza, y yo le contesté, porque  yo no me la iba a dejar montar: «Todo bien, cucha, ya lo guardo, déjeme y contesto que es  algo reimportante», pues ella no me creyó y pin, me rapó el celular. Cuando ella me lo quitó, 

ahí yo me enceguecí, me dejé llevar por la rabia y la cogí del pelo y le metí como tres puños  en la cara yo creo”. 

Desde ese día la niña de La Candelaria había generado conmoción, no solo en el  colegio, sino en un amplio sector. Había recibido algunas llamadas de compañeros de otros  lugares cuyos nombres ya no recuerdo preguntando si estábamos bien y si necesitábamos  algún respaldo por parte de otra comunidad. No creímos necesario llevar las cosas más lejos

porque sabíamos que el asunto, aunque sin justificar nunca la violencia, era un tema bastante  complejo. No tenemos la autoridad para retirar celulares, ni para retenerlos durante las clases,  sin embargo, sí podemos condicionar su uso para que sea solo durante las actividades y con  propósitos escolares. 

Lo mejor en estos casos era evitar el enfrentamiento, no discutir con ella de un modo  directo, pero tampoco mostrarle temor, terminaríamos haciendo nuestro trabajo con pánico y  siendo indiferentes y permisivos ante cualquier tipo de comportamiento. Hoy pasa algo poco  común, hay dos personas más que la acompañan. Son dos tipos altos, trigueños, aunque se  ven flacos es evidente que han sido testigos de las normas de la calle, uno de ellos muestra  una cicatriz prolongada desde la muñeca cubriendo todo el antebrazo. Como quien guarda algo bajo la piel y después quiere sacarlo; o como cuando uno, con un bisturí, abre la panza  de una muñeca de plástico. La niña de La Candelaria no se da cuenta de que yo la llevo  observando un buen tiempo, desde hace unos minutos, y puedo seguirle los pasos tratando  de adivinar de dónde viene, cómo y con quiénes vive, a qué se dedica durante las tardes,  porque no trae su uniforme, qué hace cuando llega del colegio, porque se le nota que ha  pasado la mayor parte de la noche despierta. No puedo afirmarlo, pero a veces llega ebria,  drogada o por lo menos vapeada con un poco de hierba. 

Estuvo más o menos atenta en clase. No dejó de consultar el celular un solo instante  a pesar de que le llamé a atención varias veces y le pedí el favor que lo guardara. Lo hizo por  un rato, pero al final de cuentas acabó por sacarlo. Algunos compañeros afirman que ella está  acordando citas en la tarde para atender a varios clientes. Es bien sabido que ofrece servicios  virtuales, se rumora que a algunos les ha ofrecido acceso, pero que de todas formas su costo  es muy alto por lo que no han podido pagarlos en ningún caso. Nosotros no hemos tenido  ánimo ni fuerzas para constatarlo ni para negarlo. Los rumores siguen creciendo y mucho  más porque en algunas ocasiones la han visto ser recogida por un motero cuando sale del  colegio. Los tipos son varios, según cuentan también algunos de sus compañeros. 

Ese día soleado caminaba por donde pasaba todas las tardes cuando el tiempo era  bueno y salía del colegio. Tuvo conmigo la última clase. Se veía intranquila, bastante  afanada. Me obligó a terminar y salir del salón antes. Como no faltaba mucho tiempo accedí  casi de común acuerdo con los demás estudiantes. Lo que me cuentan es que se sentó en una  de las escaleras cerca del Chorro de Quevedo. Seguramente, sacó un pequeño cigarrillo de 

marihuana y empezó a fumarlo, en amplias aspiraciones que le inundaban los pulmones, así  me aseguraron sus amigos que fumaba. Lo demás es bastante confuso. Sabemos por la  experiencia que ella era muy buena peleando, que no se la iba a dejar montar de nadie, que  de todo el bachillerato era siempre la más calle. Si se la encontraban en los baños había que  quitarse; si iba caminando por las terrazas los niños se retiraban porque ella les pellizcaba las  tetas o les decía “Córrase, hijueputa o ¿quiere que le rompa la jeta?”; si tenía el celular en las  clases y uno le decía que lo guardara bastaba con que dijera “Ya en un momento”, para que  quedara claro que no lo iba a guardar y que no iba a hacer ninguna de las actividades que  estaba escritas en el tablero, “al menos tómele foto”, le decía yo para demostrar que todo no  estaba perdido con ella, que podía haber una tregua, que podía lograr que por lo menos  anotara algo o que pensara en otras cosas que no fueran su vida de por las tardes siempre tan  llena de violencia. 

La cogieron del cabello y la golpearon varias veces contra el suelo, eso es lo que  puede verse en uno de los vídeos que quedaron grabados. Me sorprendió muchísimo saber  que era vulnerable, verla dominada por la fuerza de alguien. Los fragmentos e imágenes eran  incompletos, pedazos de espejos rotos. Algunos aseguran que también supo responder, pero  eso no lo registraron los celulares. La muchacha con la que tuvo la pelea es de la jornada  contraria, por lo que sabemos ingresó al colegio, diciendo más tarde que la esperaban unos  tipos a la salida para ajustar cuentas por lo que le había hecho en la cara. Sus compañeros me  insistieron que le ayudara “¡profe, haga algo, usted es su director de grupo!”, me decían  cuando la trajeron desmayada. Solo pude atinar a que la colocaran en una de las mesas de la  portería, no me atreví ni siquiera a tocarla. Llamé a emergencias, pero como siempre en estos  casos, no llegó ninguna ambulancia. Su rostro rasguñado. Pequeñas partes de su piel  lastimada lucían ensangrentadas. Tenía arrancados mechones enteros de su pelo y las uñas  rotas y quebradas. La cara había llevado la peor parte. Algunos decían que la habían cogido  con la defensa baja. Cuando pudo se evadió por una de las rejas del colegio, a pesar de que  tratamos de mantenerla en calma. Los tipos la esperaban al final de la cuadra. La vi  alejándose; regresó la mirada. La pelea a la salida por la tarde estaba más que cantada. 

 

Mosquera, noviembre, 26 de 2025


Jonathan Herrera Ortega (1986) Docente y escritor bogotano. Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central. Ponente en el “III Seminario Internacional de autor: Tres días con J.M. Coetzee” de la Universidad Central. Magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana en el año 2016. Asistente al Taller de Escrituras creativas de Idartes, localidad de Engativá, 2016. Asistente al Taller de Escritura de textos investigativos IDEP – 2018. Relatos suyos se encuentran en “Depredación – Antología inusual de cuento colombiano” publicada en el año 2017 por la Editorial Séshat. Vinculado a la SED Bogotá desde el año 2010. 

 

Jonathan Herrera Ortega

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