Literatura
Narrativa
junio 2025
El contorno del infinito, de Julio Quintana
De súbito, y tantos años después de que ocurriera, Alejandro sintió como si acabara de perderla. Hacía más de dos décadas que su niña de tres años había perecido; más de dos décadas de la pérdida del ser que más amaba.
De un modo inopinado y atrozmente violento, Alejandro sintió que su alma se anegaba de la ausencia de su niña; sintió la devastadora inexistencia de su niña inundando procelosamente su alma.
Intuyendo la terrible noche de implacable insomnio que se le venía encima, resolvió salir de la cama. Sintió la imperiosa necesidad de ver la fotografía que les tomó su mujer pocos días después de que su hija cumpliera los tres años. En la imagen, con el mar de fondo, el hombre abrazaba a su niña. Justo cuando su mujer se disponía a fotografiarlos, Alejandro recibió una esperadísima noticia: una de las editoriales más importantes del país iba a publicarle su primera novela.
—¿Quién era, cariño? —preguntó su mujer.
—Ahora sí, haznos ahora la foto —dijo Alejandro, guardándose el móvil en el bolsillo.
—¿Pero quién era?
—Después te cuento, cariño. Primero hazme una foto abrazando a mi niña.
Aquel fue el día más feliz de su vida. Quiso volver a aquel día, quiso quedarse a vivir eternamente en ese día. Después del paseo por la playa y de esa foto, llevó a su hija al cine a ver La sirenita. Volvía a casa andando con ella en brazos.
—Papi, qué boda tan bonita la de la peli. Yo también quiero casarme.
—¿Sí, mi vida? ¿Y con quién te quieres casar?
—Contigo. Con mi papá.
—¡Ay, mi niña! —reía Alejandro, besándola y estrechándola entre sus brazos—. ¿Sabes una cosa, mi vida?
—¿Qué cosa, papi?
—Que me encanta ir con mi niña al cine.
—Pues, papi, a mí me encanta casarme contigo.
Alejandro, en un dulce escalofrío, soltó la carcajada más alegre de su vida.
Lloraba ahora, con amargura, mirando esa foto. Lloraba, ineluctablemente, recordando aquel día, aquel felicísimo verano. Recordó otro de aquellos días. Se estaba bañando con la niña en el mar durante un caluroso atardecer. Cobraba intensidad la vaporosa luz de un plenilunio que se elevaba sobre el horizonte este, mientras que un huidizo y azafranado sol descendía por el horizonte oeste. Un cielo añil , ataviado con rosáceas, rojizas y anaranjadas nubes, derramaba sobre el mar la embelesadora y mágica mezcla de sus crepusculares tonos.
—¡Mira, Clara, el sol y la luna en el cielo al mismo tiempo! ¡Mira qué nubes más bonitas!
—¡Sí, papi, qué bonito todo! ¿Esto es un sueño, o es que nuestra playa es mágica?
—Agárrate fuerte a papá, mi vida —decía Alejandro, riendo.
—¡Vale, papi!
El cielo derramándose en el mar… Cielo y mar: uno y el mismo. Y Alejandro, con su niña a la espalda, nadando y volando en la más absoluta de las dichas.
Lloraba ahora recordando. Lloraba amargamente. Jamás volvería a abrazar ni a besar a esa niña, jamás volvería a bañarse con ella en el mar, jamás volvería a jugar ni a reír con ella…
Por fortuna, su amargo y profuso llanto resultó ser también salvífico. Los sollozos y la efusión de lágrimas lo serenaron y, sin pretenderlo, se quedó dormido en el sofá del salón. Durmió varias horas. Despertó renovado y sintiéndose el hombre más dichoso de este mundo. Tal vez lo fuera en realidad. Su niña ya no existía, eso era cierto, pero su inexistencia no se debía a ningún hecho fatídico ni trágico. Su niña, simplemente, se había convertido en una mujer de treinta años: una mujer feliz y bondadosa. ¿Qué más puede pedir un hombre? ¿Qué más puede pedir un padre? Durante unas horas, las más oscuras de su noche, añoró enfermizamente aquel tiempo: los días más felices de su vida, la época en que más orgulloso se sintió de sí mismo, la época en que más y mejor se quiso a sí mismo, y por lo tanto, la época en que más y mejor quiso a sus seres queridos, en especial a su hija, que se hallaba además en la que quizá sea la edad más adorable de un niño o de una niña; y aunque amó infinitamente a su hija en cada una de sus edades (y así la seguía amando), quizá su amor por ella en aquel tiempo rebasara el infinito. Asimismo, pese a haber logrado convertirse a lo largo de los años en un escritor premiado y de prestigio, la mayor alegría que había alcanzado a través de su labor literaria fue la publicación de su primera novela.
Tras la oscura y opresiva noche, su estado de alma era límpido, diáfano, sano, beatífico. Resolvió hacerle una llamada a su hija. Hablaron y quedaron para verse esa misma tarde. Alejandro había de hablarle a Clara del acceso de amarga y oscura nostalgia que padeció la noche anterior, y Clara había de darle la enhorabuena a su padre: iba a ser abuelo de una niña.

JULIO QUINTANA OLMO (Sevilla, España, 1984). Es padre de dos hijas. Ha colaborado en la revistas Poesía y Métrica, El coloquio de
los perros, Cronopio y Fábula.

