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Narrativa
febrero 2026

AQUEL PARÍS
por Julio Quintana

 

—Lo siento, pero mi respuesta es no. En modo alguno filmaría una secuela de Midnight in Paris —dijo el cineasta neoyorquino—. De hecho, me sorprende enormemente que me sugieras tal cosa. No le veo el menor sentido a tu propuesta, Owen. Permíteme la franqueza.

—De acuerdo, Woody —dijo el actor—, puede que no me haya expresado con claridad, puede que no haya esgrimido lo suficientemente bien mis argumentos; además, aún no he llegado a exponértelos todos.

—Owen, tengo que pedirte que dejes de insistir. Llevamos más de treinta minutos discutiendo en vano sobre este asunto. No voy a cambiar de opinión. No voy a arruinar la historia de Gil Pender con forzados e incoherentes estrambotes. La historia de Midnight in Paris ya está contada; está contada y cerrada. Tengo otras historias que contar. Fin del asunto —dijo taxativamente el cineasta. 

—Está bien, fuera máscaras —murmuró el actor, cubriéndose el rostro con las manos. Se encontraban en la biblioteca de la residencia del director, sentados el uno frente al otro—. Hazme volver, haz que regrese al París de los años veinte. Y devuélveme mi verdadera identidad —murmuró de nuevo el actor, con la mirada perdida.

—Owen, empiezo a preocuparme. No sé qué te ocurre —dijo el director, azorado—. Tengo la impresión de que has llegado a mi casa encontrándote mal. Tienes mal aspecto, hijo. Te noto disperso y desorientado; te he notado así desde que llegaste. Creo que deberías ir a tu casa a descansar; es lo mejor que puedes hacer, Owen.

—¡No vuelvas a llamarme Owen! ¡Soy Gil Pender! —bramó el actor—. Sé que lo hiciste tú. No sé cómo conseguiste hacerlo; no sé si eres un mago o un hechicero, no sé si eres Dios o el diablo; lo único que sé es que fuiste tú quien me envió al París de los años veinte. Sí, eres un hechicero todopoderoso, ¿verdad? Además de poder enviarme al pasado, también has podido robar mi verdadera identidad haciendo creer a todo el mundo que soy ese maldito Owen Wilson.

El director, casi más atónito que atemorizado, supo de repente lo que estaba sucediendo. Recordó la grave crisis de salud mental que padeció el actor años atrás. «Este hombre ha recaído y ahora está sufriendo un brote psicótico», se dijo. 

—Pues bien, escúchame con atención: vas a enviarme de nuevo al París de aquel tiempo, ¿me oyes? —continuó el actor, inmerso en su propio desvarío—, y me vas a devolver mi identidad, ¡¿te queda claro?! 

El director pensó fugazmente en Niebla, de Unamuno; en Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, y en El moderno Sherlock Holmes, de Buster Keaton. «Es asombroso», se dijo. «Hace treinta años que rodé La rosa púrpura de El Cairo. Hace ya tres décadas que Tom Baxter salió de la pantalla de aquel cine para ingresar en la realidad. Y ahora es como si Gil Pender, otro de mis personajes de ficción, se insertara en el mundo real a través del delirio del actor que lo interpretó. En efecto, es como si Gil Pender, al igual que Tom Baxter, se hubiese insertado en la realidad, pero, esta vez, en una realidad absolutamente real, puesto que, a diferencia de la historia que rodé hace treinta años, este insólito encuentro se está produciendo en el mundo real; esto no es arte, esto no es ficción, esto es la vida real…, la cruda y sucia realidad. Así es, y por eso no me encuentro ahora ante Gil Pender, sino ante Owen Wilson, un hombre mentalmente enfermo. No, este hombre no es Gil Pender, aunque tenga su misma piel, su misma voz, su mismo rostro…, e intuyo que su mismo miedo a enfrentarse al presente. “La nostalgia es negación. Negación del presente doloroso”».

El actor se había levantado de su asiento y deambulaba por el ámbito exhalando murmuraciones ininteligibles. «Owen fue feliz rodando Midnight in Paris y, ahora, sabiéndose bajo el yugo de una profunda y enloquecedora tristeza, está tratando de escapar de su presente», conjeturó el director. «Sí, está tratando de escapar de su presente y de sí mismo». Allen se palpó el pantalón para cerciorarse de que llevaba su teléfono móvil en el bolsillo. «No, este hombre no es Gil Pender, este hombre es Owen Wilson. Aunque quizás ambos sean la misma persona. Ya lo dijo Borges: “Cualquier hombre es todos los hombres”. ¿Y acaso no es un hombre Gil Pender? ¿Acaso no alcanza el rango de hombre por el simple hecho de ser un ente de ficción? ¿Acaso no posee un alma tan humana como la de cualquier hombre real? Sí, sí la posee, yo mismo se la conferí. Además, tras nuestra muerte, todas y cada una de las personas reales acabamos convirtiéndonos en entes de razón, en entes de ficción, puesto que, al perder nuestra corporeidad, al dejar de ser materia, ya solo existimos en la mente de quien nos piense, sueñe o recuerde. Sí, al final cada persona real acaba existiendo únicamente en una suerte de mundo imaginario». A fin de conjurar su propio miedo, el cineasta dejaba que su mente se perdiera en ese dédalo de cavilaciones filosóficas. «Quizás Owen y yo seamos los entes de ficción, y no Gil Pender. Quizá Owen y yo no hayamos sido más que el pretexto para que su historia llegase al mundo. Sí, Gil Pender es mi Augusto Pérez, él es real y no yo. Cuando yo muera, será él quien lleve mi alma. Sí, él y todos mis demás trasuntos llevarán mi alma y no yo. Cada uno de mis alter ego y cada una de sus historias serán el reflejo último y eterno de mi esencia, de mi alma, de mi espíritu. Sí, así será. ¿Acaso no puse el alma escribiendo y rodando esas historias?, ¿acaso un autor, un artista, no transfiere su propia alma a sus trasuntos? Bueno, ya está bien; no sé qué demonios hago enredándome en estas divagaciones seudopoéticas y seudofilosóficas. Debería estar pensando en cómo poner fin a este delirante encuentro». Allen dirigió su mirada a Owen. Contempló el crispado rostro del actor, sus manos trémulas, sus pasos desgarbados, negligidos. 

—¡Deja de mirarme como si estuviera loco! —vociferó el actor. Volvió a sentarse frente a Allen—. No voy a volver a repetírtelo: ¡devuélveme a aquel tiempo, a aquel París! 

—Nunca estuviste en aquel París —se atrevió a decir el director. 

—Sí, sí estuve allí. Tú me enviaste. Allí conocí a Hemingway, a Scott Fitzgerald, a Picasso… Fui a fiestas con ellos. 

—Nunca estuviste en esas fiestas. Nunca estuviste con ellos. Jamás los conociste. 

«Darle la razón a un loco es impedir que la recobre», pensó el director. 

—Era un rodaje, Owen. Confundes la ficción con la realidad; estás mal, hijo. Necesitas ayuda. —El temor del cineasta comenzaba a diluirse. 

—¿Me estás tachando de loco?

—Déjame ayudarte, hijo. 

—No, yo no estoy loco, ¿me estás oyendo? Esto no es ningún delirio. ¡Y tú no eres más que un puto cineasta endiosado! ¡No eres más que un puto director que se cree un genio! Lo tuyo sí que son delirios, ¡delirios de grandeza! Sí, en el fondo crees estar a la altura de los grandiosos artistas que conocí en París. Porque los conocí, ¡¿me oyes?!, ¡estuve con ellos! ¿De verdad crees estar a la altura de esos genios?

—No, no lo creo.

—¿De verdad crees estar a la altura artística de Hemingway, de T. S. Eliot, de Dalí, de Buñuel, de Scott Fitzgerald, de Picasso? ¿Y eres tú el que me tacha a mí de loco? ¡Tú eres el que está loco! ¡Tú eres el que cree estar donde están ellos, el que cree estar junto a ellos! ¡Sí, tú eres el que cree estar en el mismo lugar que ellos! 

—No, no creo tal cosa, hijo, te lo aseguro.

—Hazme volver a los locos años veinte. 

El director se puso en pie. 

—Owen, tienes que volver en ti, tienes que entrar en razón. 

—¡No me llames Owen! —bramó de nuevo el actor. Se puso en pie y rompió a llorar. 

—Tranquilo, cálmate —dijo Allen acercándose a Owen. 

—Ni siquiera supe acabar con todo —dijo el actor entre sollozos. 

—Tranquilo, hijo, vamos a ayudarte. Todo va a ir bien. 

El director derramaba lágrimas de angustia y de lástima. Se fundieron en un abrazo. El llanto del actor fue serenándose. 

—Todo va a ir bien —repitió Allen.

Owen se recobraba, volvía en sí.


JULIO QUINTANA OLMO (Sevilla, España, 1984). Es padre de dos hijas. Ha colaborado en las revistas Poesía y Métrica, El coloquio de los perros, Cronopio, Mal de ojo y Fábula.

Julio Quintana

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