Literatura
Narrativa
septiembre 2026
DESNUDO
por Elijah Raventós
Joder, puta, coño, gilipollas, capullo, cabrón, retrasado, subnormal, engendro. Sentado en el borde de su cama, recitaba palabrotas en la mente como si se tratara de un Ave María. También pudiera haber repetido la nomenclatura binominal de las razas de lobos para calmarme, como un autista con los números primos. Supongo que la primera vez, asusta.
Tenía veinte años y cero nociones sobre el sexo, ni siquiera de cómo funcionaban los genitales y cómo provocarme un orgasmo. Incluso me asqueaba el sonido de los besos. Era un rechazo instintivo, de mojigato, de los valores religiosos que me habían inculcado, ya antes de tener conciencia y espíritu crítico. Me sentía como si me hubieran hecho tragar una biblia triturada por un embudo.
Nunca me había tocado ahí abajo, ni había sentido ganas o la curiosidad, y no porque fuere pecado o porque me volviera ciego, sino porque tenía esa zona muerta o adormilada. Recuerdo cómo me picaba la vagina mientras me aparecía el vello y se intensificaba el olor de las bragas. Me abrí de piernas sobre la colcha y la miré con un espejo redondo; me pareció una selva fea y enmarañada.
Pero ahí me encontraba yo, en la cama de Erik: un jambo de dos metros, que me sacaba quince años, treinta centímetros y sesenta kilos. Lo noté impaciente y eufórico, y eso me dio miedo, un miedo que no había sentido antes por mi seguridad, ni siquiera en los callejones oscuros y orinados del Barrio Gótico, en los retretes de las discotecas o con los borrachos del tren de medianoche. Siempre había visto a Erik como un modelo a seguir, el hombre al que aspiraba parecerme, un refugio, un hogar, alguien a quien llamar tras un ataque de ansiedad en plena noche, alguien que era capaz de leerme durante veinte minutos a las dos de la madrugada por el móvil. Su voz me sosegaba más que cualquier pieza de piano. Pero allí no veía a un hombre, sino a una bestia. Y solo quería regresar a casa.
Me había invitado a pasar el finde en el piso de su madre, en Tarragona, (un tío de treinta y cinco años que vive con su madre). Dijo que nos ducharíamos juntos y que nos acostaríamos. Nos imaginé en la bañera con bañador y dormidos achuchados. Se mofó de mí: qué inocencia tan boba, entonces pierde la gracia y odio que me abracen. Me desestabilizó. ¿De qué estaba hablando? Pero si yo era una lapa con él y se reía, me decía que abrazaría hasta a un cactus.
Tardé tres malditas horas en llegar: el infierno de Renfe. Me llevé un libro pero no me pude concentrar. El vagón apestaba a chorizo. Escuché Billie Eilish, Sufjan Stevens, Radiohead, Cigarrettes After Sex…, frente a las ventanas grafiteadas. Las estaciones eran grises. La gente chillaba y recostaba las bambas en el asiento. Me entretuve con el cartel de: Martillo rompe cristales. Romper el cristal para acceder al martillo. Lo absurdo de la vida. Volví a sudar y a oler a podrido cuando ya me había echado incontables veces desodorante. Me avergoncé y me di asco.
Llamé al timbre. Esperaba verlo tranquilo como siempre, que la cosa iría despacio: bebidas, palomitas, una peli de Tarkovski, recostarme en su regazo, unas caricias… Abrió la puerta, y sin preámbulos, se inclinó sobre mí y me arrancó del suelo. Me cargó por un pasillo lóbrego hasta una suite -supuse que el dormitorio de su madre-. Con la cabeza en su hombro, sentí una extraña calma, como si volviera a ser un niño en los brazos de mi padre, y sentí la cadencia de sus pasos y mis tobillos, cruzados alrededor de su cintura. Me fijé en que por las cortinas asomaban resquicios de luz que dibujaban la ropa amontonada del sillón de la esquina.
Quiso dejarme en la cama, pero me había aferrado a él como un koala. Me asusté; que no me soltara, por favor, que me meciera hasta quedarme amodorrado y que me arropara, como a un príncipe de Disney. Al principio creyó que jugaba, con esa risa tan grave que me hacía burbujear el estómago. Pronto empecé a rallarlo: en serio, suéltame. Me palpó los tobillos. Desde siempre, fueron para él mi parte más sexy. Y se moría de ganas de verme los pies. Que una talla cuarenta para alguien de mi estatura «está muy pero que muy bien». Me hizo cosquillas y logró liberarse.
– Joder, macho, ¿qué cojones te pasa? Ni que te fuera a violar.
Pues así me sentía, que iba a partirme con su tercera pierna, como la apodaba él. Podría hacerme cualquier cosa, muchísimo daño, pensé, y no estaba preparado. Habíamos tenido esta conversación en múltiples ocasiones: que me consideraba asexual. Él se mosqueaba: que eso no existía y que yo no sabía amar, que no fuera un calientapollas o me bloquearía. Y me anulaba a mí mismo, me denigraba; le daba la razón, y juro por Dios que pensaba que haría cualquier cosa para mantenerlo a mi lado. Él era cuanto me quedaba, que no me abandonara también. Desde mi transición, él había sido el único que se había fijado en mí, cuando me sentía deforme y antinatural. Mi entorno me había hecho sentir así: una herida abierta que se resistía a sanar.
Todo empezó en la uni: el aburrimiento en clase de historia del arte y un garabato a boli. Erik se había puesto a mi lado y atraje su atención, me dijo que tenía más talento que él y que el dibujo se parecía a mí. Ojalá: era Cat Noir.
No sé cómo terminamos siendo inseparables. Nuestros compañeros nos apodaron Sherlock y Watson. (La serie me obsesionaba). Incluso circuló por Whats una foto nuestra durmiendo en el sofá del comedor: él, sentado junto al respaldo, conmigo tumbado en su regazo. Erik se convirtió en mi persona favorita. ¿Qué estamos dispuestos a hacer por soledad y desesperación? Él era mi droga, lo necesitaba como si, al estar separados, me diera el mono.
Un día me confesó, ruborizado, que le parecía el chico más guapo que había visto. – ¿Más que DiCaprio? Estás fumado.
Aún oigo su dulce voz y veo la sonrisa tierna que me dedicó. Lo creí como un imbécil. Permanecí paralizado en la cama, mientras se arrancaba la camiseta y se desabrochaba el cinturón, delante de mí. Menudos pectorales y qué piernas más velludas. Espera, ¿quién lleva calzoncillos naranjas? Y menos, en una cita. Se quedó con el gusano colgando. No pude mirar. – Y tú, ¿qué?
– Voy.
¿Por qué dije voy? Se me escapó, automático, inconsciente, como un perro. Me costó sacarme la camiseta ceñida de tirantes, se me había adherido por el sudor. Fui torpe y me puse histérico, pero me dejé los calcetines y los calzoncillos. Erik me observaba de brazos cruzados desde ahí arriba, desde el control, como un chulo. ¿Le ponía cachondo mi vulnerabilidad? ¿Quería someterme, sentirse poderoso? Qué ganas de reventarle los huevos de una patada, pero no podía parar de temblar. Apreté los puños. Volví a insultarme. Me habría ostiado la cara si no hubiera parecido un puto loco.
Me colé entre las sábanas y me imaginé huyendo así hacia la estación: disfrazado de fantasma. El olor era denso, no las había cambiado. Noté que su peso hundía el colchón a mi lado y que el ruido de los muelles chirriaba en mis dientes. Me recorrió despacio las curvas con la yema de los dedos y me atravesó un escalofrío que me erizó la piel.
– Es mi primera vez con un chico.
– Vete a la mierda.
Fue un resorte. Calló.
– Conmigo no vale. Estás cómodo porque tengo vagina.
– Y una muy jugosa.
Siempre me quedará la duda de si pretendió herirme. Me había atacado justo en mi complejo más íntimo. Me hurgó el cuello con la nariz. Su aliento olía a dentífrico mentolado. – Qué ganas de esposarte. Cuanto más te resistas, mejor.
Iba de farol. Le daba morbo asustarme. Ya me lo había dicho: me gusta llevar a la gente al límite; solo entonces se quitan la máscara. ¿Me tomaba por un hombre o una mujer a la que desvirgar? Otro trofeo, otra más de la lista, un pañuelo de usar y tirar. ¿Se sentía superior al lado de un mierda seca como yo? ¿Y mi caos interno: tanto drama por follar? Por algo intrínseco en la naturaleza, que hasta los adolescentes hacían.
Me acurruqué en su pecho y le pedí que me estrechara, pero me daba asco que nuestras pieles húmedas se tocaran, y sus lunares peludos. Sentía pavor y al mismo tiempo, buscaba su protección. Me sobó como si fuera su mascota. Ahí dentro, se me cruzó el pensamiento de si en ese destartalado piso, los cubiertos estarían bien desinfectados. Me vi fregándolos antes de usarlos y a Erik, tan enfadado como ofendido.
Me puso boca arriba y me apresó de las muñecas, sobre el cojín. Me clavó los ojos como a un filete y aplastó su vientre contra el mío. Dijo que no le gustaban mis abdominales, que hubiera preferido la carne blanda. Lo oí como un eco. No sentí nada, me había disociado, estaba muy lejos, en las tareas de mañana, tenía tantas cosas por hacer: me levantaría a las siete para pasear a Toby antes de que cayera el calor infernal, luego, el café, el desayuno del perro, la comida, la cena, limpiaría la cocina, los cristales, los baños y el suelo, cambiaría las fundas, haría la colada y la compra, regaría las plantas y por la tarde, practicaría ese endiablado Impromptu de Chopin y seguiría pintando el cuadro de Los Lirios.
Entonces el pánico volvió a punzarme en algún lugar del esternón. Noté que me estaba bajando el calzoncillo y que algo viscoso se me restregaba cerca de la entrepierna. Caí en que no habíamos hablado sobre el condón y las pruebas de ETS, por muy incómodo o embarazoso que pudiera sentar, hubiera sido necesario.
Elijah Raventós. Sitges, 99. Cursé la carrera en la Barcelona Academy of Art con tres becas, entre ellas, la de Art Renewal Center (la más prestigiosa en el ámbito académico). He participado en varias exposiciones; entre ellas, en el MEAM, por ser finalista del concurso ModPortrait. Gané el primer premio del concurso literario Belo Brillando en la Oscuridad; en la pandemia, toqué el piano en El Palau de la Música Catalana, debido al concurso Jo hi toco de Maria Canals. Soy docente de Bellas Artes y Guía en los Museos de Sitges. Estudio en una escuela de escritura creativa cuento y novela.

