Literatura
Narrativa
julio 2026
Se me chispoteó
por Cano
Tira la piedra al luche dibujado en el suelo del patio de la vecindad. Avioncito le llaman en México. Tejo, rayuela, mariola, reina mora, amarelinha, el juego de la vieja o coxcojilla, en distintas partes de América Latina. El patio está vacío, nadie lo mira al Chavo.
Quico está en casa con su mamá. El muy desgraciado saldrá después a contarle al Chavo, con lujo de detalles, que se comió dos tortas de jamón, mientras chupa una paleta y sostiene su pelota gigante bajo el brazo.
Yo respondería de la misma forma en que va a responder el Chavo. Después de pasarme la lengua por los labios, saboreando imaginariamente el bocadillo, tomaría su pelota y la lanzaría hacia afuera esperando que salga por la puerta y la reviente un auto. Sabemos que la pelota no saldrá, porque aparecerá el señor Barriga y se irá de bruces por el pelotazo. ¡Tenía que ser el Chavo del Ocho!- gritará.
Como sabemos que así sucedería, lo mejor sería diseñar otra estrategia. Tomar la pelota de Quico y reventarla, quitarle la paleta, tirarla al suelo y romperla a pisotones. Gritarle en buen chileno: andate pa´ la casa mejor, mamón culiao, metete tus tortas de jamón por la raja. No sé cómo se dice eso en mexicano, supongo que algo así como, por qué mejor no te vas a tu casa pinche culero y te metes las tortas de jamón por el culo.
Y es que no nos mintamos. Todos quisimos alguna vez volarle los dientes al engreído de Quico, reventarle los cachetes de marrana flaca, tirarle un jarro de aguas frescas en la cara, las de tamarindo que parecen de jamaica pero saben a limón ¡Cómo celebraba cuando el Chavo lograba conectar tres cruzados en la mandíbula! El pan tostado se hacía más crujiente, la margarina derretida se sentía más sabrosa y los pedacitos de mermelada de mora se dejaban mascar con más gracia. Pequeños triunfos de la lucha de clases infantil, darle duro al engreído, levantado de raja, crecido, altanero, careta, jactancioso, encopetado. En cada barrio de América Latina hay uno y en algún momento de nuestra infancia todos odiamos a ese Quico. Después pudimos darnos cuenta de que, ni él, ni Doña Florinda, ni el Profesor Jirafales son nuestros enemigos. Quizás sí el señor Barriga, que se merecía todos los golpes que se llevaba, nada más entraba a la vecindad por usurero y representante de la especulación inmobiliaria que ha confinado a la pobreza latinoamericana a la vecindad, al cité, la población callampa, la villa miseria, la favela, el tugurio, el cantegril, los guasmos, las ciudades perdidas, las champas o los arrabales.
Nadie lo ve al Chavo, no hay nadie en el patio delantero. La Chilindrina está jugando en el patio de atrás, mueve unos barquitos de papel en la pileta. Sabemos que si el Chavo fuera a juegar con ella, el pobre terminaría, de una u otra forma, caído en la pileta, la Chilindrina riéndose como que fue sin querer queriendo. Luego vendría Quico, se burlaría del Chavo, el Chavo lo tiraría a la pileta de vuelta. ¡Mamá! Gritaría Quico, mientras Don Ramón llega y le pregunta a su hija qué es lo que está pasando aquí, para luego recibir una senda cachetada de Doña Florinda, me tiró a la pileta, mami, lo acusa Quico al Chavo, pero siempre paga los platos rotos el pobre de Don Ramón. ¿Ron Damon, tiene pileta la casa su abuelita?, preguntaría el Chavo luego de que allá lo mandara a bañarse la vieja chancluda. Pipipipipi. No te doy otra no más. Se completa el círculo del absurdo y la violencia permanente y normalizada que tanta risa nos causaba en nuestra infancia, tal vez porque era el reflejo cómico de nuestra cotidianeidad.
Pero el Chavo no va al patio de atrás y la Chilindrina juega tranquila. Doña Florinda ve la telenovela en casa mientras cocina un pastel para el profesor Jirafales. Doña Clotilde escucha boleros sentada en un sillón acariciando a Satanás y Don Ramón, que le va al Necaxa, escucha un partido de fútbol por la radio. Sabe que hoy no viene el señor Barriga a cobrar la renta, está tranquilo.
Nadie ve al Chavo entonces. La piedra rueda y cae fuera de la línea del dibujo, a un paso de distancia del cuadro que encierra el número cinco. El Chavo mira alrededor, no ve a nadie. Se mete las manos a los bolsillos y silva haciéndose el distraído. Da unos pasos cortos, apenas levanta los pies. Se gira sobre sí mismo, observa a uno y otro lado. De a poco se acerca a la piedra. La mira, se aleja un poco y vuelve a ver a su alrededor. Da un par de pasos más, avanza a pasitos cortos. Se mueve de un lado a otro con las manos siempre en los bolsillos. Mira la piedra y mira alrededor, una y otra vez, mientras termina de acercarse. Cuando su pie derecho queda junto a la piedra, levanta la vista y lo mueve levemente. Empuja un poco la piedra, pero no lo suficiente aún como para que entre al cuadro del número cinco. Se lamenta. Vuelve a girarse sobre sí mismo y a observar alrededor. Le aterra que lo pillen.
Se imagina que en ese momento entra Pati a la vecindad. La mira y se sonroja. La sigue con ojos de chichicuilote enamorado y luego juegan juntos al avioncito, saltan, se ríen. Pati viene de vuelta, al saltar sobre el número uno trastabilla, casi se cae, el Chavo la toma, la abraza, se miran fijamente a los ojos, ¡ay Chavito! le dice Pati. Acercan sus labios, el Chavo está a punto de alcanzar la gloria, Chavo, Chavo, ¡ra ra ra! Despabila justo cuando está por irse de bruces. No está Pati, no hay nadie en el patio delantero de la vecindad. Mira otra vez la piedra. Saca las manos de los bolsillos y en un movimiento rápido y torpe empuja con el pie la piedra que casi sale del margen opuesto del cuadro con el número cinco. Salta feliz, ¡zas!, hace el movimiento con el pie derecho como pateando hacia adelante y corre al inicio del dibujo.
Salta, recoge la piedra, vuelve al inicio. Hasta el número diez, ida y vuelta. Celebra triunfal. Nadie se da cuenta del engaño, todos nos ponemos contentos por el Chavo y nos sonreímos algo maliciosamente. Y así, muchos aprendimos a mentirnos a nosotros mismos para sobrevivir en la selva latinoamericana. Aprendimos a hacernos los huevones, a hacernos el sota, los locos, los giles, los gualbertos, los gringos, los de las gafas, los boludos, a hacernos de la gorda, los del ojo pacho, los chanchitos, los cuchos. Se me chispoteó, nos decimos, y hacemos como que aquí no ha pasado nada.
Cano, Santiago, Chile, es historiador de formación profesional, lector omnívoro, cuentista aficionado y trabaja en bibliotecas públicas. Es parte del equipo editorial de Revista Horizonte (www.revistahorizonte.cl) y militante de la organización Tejer-Construir. Ha publicado algunos cuentos en revistas digitales y autoediciones y textos teóricos y políticos en la misma Revista Horizonte.

