¿Una caricia puede calmar el dolor? por Maria Negro

Alicia, la reciente película del director argentino Alejandro Rath, busca este camino para contar una historia: los caminos del hijo por hacer menos penoso el último tiempo de vida de su madre.

Con la participación de Leonor Manso, Martín Vega, Patricio Contreras y Paloma Contreras, junto a un gran elenco, Alicia no cae en la vulgaridad de los cuentos de autoayuda y elige el camino del que está perdido, sin renegar de su condición.

Jota (Martín Vega) se encuentra frente al desenlace inevitable de la enfermedad de Alicia (Leonor Manso) en el calamitoso escenario del hospital público; un espacio común de abandonos, de dolores, de soledades despiadadas. En esas amplias soledades que acompañan a los personajes, Jota atravesará su propio desamparo de respuestas. ¿Qué decide que la vida sea este hilo insostenible? ¿Quién digita el acerbo de nuestras posibilidades? ¿Alcanza, en último término, la consciencia de que todo –y nosotros- somos finitos? Alicia sufre, pero su sufrimiento no será el centro por donde acontecerán los hechos. No hay melodramas. No hay tiempo para ellos. Jota no puede salvarla, no de la muerte, y entendido esto su búsqueda será mucho más honesta, sin egoísmos ni llantos ampulosos. Alicia merece para sí, para la memoria de su hijo, para su propio devenir, la dignidad. La dignidad de irse, sin que haya un adonde ir, desde su propio cuarto, en su propia cama, bajo el abrigo de sus propias sábanas. La dignidad de un dolor que ya es inevitable, pero batalla por acontecer en el respeto, en la humanidad. No hay humanidad posible en el hacinamiento, en el desarraigo donde la vida es acumulada en salas con sueros que no alivian, ni abrazan, ni dan calor.

Con detenimiento, en un camino que se transita despacio, Jota no va a escatimar su necesidad de hurgar más allá de su propia formación científica y troskista para explicar(se) este momento que parece ser el final de las cosas. Un cura, un rabino y un pastor evangelista, la delicada punta de la religiosidad, serán los consultados por su experiencia, por su mirada contrapuesta a la racionalidad, por su oferta de resignación a cambio de la entrega total al misterio. Todo lo no comprensible, es misterio. Los misterios son obras de un Dios inexplicable. Bastante cruel este Dios, que se guarda para sí la respuesta, sin siquiera tirarle un centro a sus representantes.

Alicia es, también, una película. Pero ante todo se trata de un relato en forma de caricia, una despedida que batalla por quitar la crueldad de la enfermedad en un régimen más enfermo que nosotros, que no puede ofrecernos salud ni paliativos. Sin gritos, sin escándalos, sostenida por la misma mano que acomoda las sábanas, que defiende al amor desde su dignidad suprema: habremos de morir merecidamente en paz los que furibundamente seguimos sin entregarnos a la muerte.


María Negro (1977) Escritora, periodista y tallerista. Ha publicado los libros “Y sin embargo se mueve” (2013) y “Manifiesto de las Conchudas” (2014). Columnista y editora de la revista cultural Estrella del Oriente. Colaboradora de las revistas Qu, El Otro, Ficcionario (Buenos Aires), Mal de Ojo y Fill (Chile) y El Ombligo (México).
Su taller de literatura experimental (para adultos y niños) lleva cinco años, con seminarios en el interior del país y una participación especial como taller en la Feria del Libro de La Rioja.

 

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