ES MÁS DIFÍCIL SER SALVADOR por Lisardo Suárez

Salvador quiere una siesta, pero yo deseo comer postre, así que nos quedamos un rato más en el jardín. El sol ha convertido la estructura del camembert en una pasta deslizante que rebosa fuera del plato. Untado en pan, me lo llevo a la boca. El bigote se aceita con restos de queso. Las migajas que caen sobre la mesa o hasta el suelo serán mi ofrenda para las hormigas. Salvador prefiere contemplar la montaña que domina la casa.

Al otro lado de esta pequeña cala, en el pueblo, debe estar su padre. En la residencia familiar, en el infierno, en la prisión, en la fe, en la terquedad. A Salvador le duele, lo sé; qué poco me importa.

Cuando termino el almuerzo, nos dirigimos al taller. Se acuesta en la tumbona y toma uno de los libros amontonados en el suelo, de cualquier manera, junto al extremo de la parte reclinable. Es el de Einstein; siesta arropada por la teoría de la relatividad especial y general. Han pasado varios días desde la última vez que lo ojeó, porque prefiere variar lecturas de forma constante, pero nada ha cambiado: sigue sin entenderlo. Magnífico.

Yo tampoco lo entiendo; pero la incomprensión genera, mientras pasa las páginas, imágenes poderosas que impulsan la imaginación hacia caminos desconocidos. El espacio-tiempo, su propia entidad geométrica, alterado por presencias de materia y de energía.

A Salvador le preocupa que su padre fuera incapaz de aceptar a Elena Ivanovna. Curvatura de los cuerpos. Tampoco a sus amigos e intereses; ni a él mismo siquiera. Curvatura de la materia. Quizá, más adelante, se arrepienta y lo reciba de nuevo en el hogar. Curvatura de la luz. ¿Cuánto más podrá sostenerse de forma cómoda sin el acceso a las finanzas familiares? Curvatura del tiempo. ¿Por qué no volver a otra época, cuando todo era más sencillo? Tiempo. Hay cosas que persisten en su memoria, clavadas, aunque ajenas a mí. Tiempo. Todavía siento el sabor del camembert en el paladar, en la lengua, en los labios. Tiempo. Dudo que la situación entre ellos cambie alguna vez. Tiempo. El pasado debe quedar atrás y yo soy tu futuro, Salvador. Tiempo. Acéptame por completo. Tiempo.

Relojes. Como el grande que había en el salón, bajo el que pintaba de niño en un cuaderno mientras su madre admiraba tanta pericia. Paisaje. El abrazo fuerte de mamá que casi lo torcía. Aridez. El padre estricto y frío. Blanda. La intimidad suave con Elena Ivanovna. Luz. Mi destino incierto. Sombra. Su destino incierto. Realidad. Los deseos de Salvador en un panorama confuso y enfrentado. Fusión. Se derriten los relojes, se derrite el tiempo. Esperanza. Vana, sí, pero es la suya.  

Impulso creador y sueño llegan de la mano. Estoy satisfecho. Cuando despierte, comenzaremos a trabajar en el óleo. Esconderá ahí sus miedos y anhelos, a plena vista, bajo un disfraz de surrealismo. Pienso en los comentarios: nada de física, nada de cuántica, nada de él; diré que la inspiración fue el queso camembert derretido por el sol. Esas cosas encajan mejor con mi personaje, con su armadura. Pero no es culpa del pobre Salvador.

Es más fácil que seamos Dalí. Todo duele menos.

Lisardo Suárez (Gijón, 1970) se amparaba antes en la discreción de los seudónimos para escribir, pero ahora firma con su verdadero nombre casi siempre. Sus trabajos de narrativa breve han recibido más de ochenta reconocimientos en diferentes concursos, convocatorias, certámenes y antologías. En el apartado de revistas literarias, ha sido seleccionado para colaborar con Narrativas, Visor, Extrañas noches, El Narratorio, Sinestesia e Ibídem, entre otras