En América Latina se cuecen habas, por Jorge Altamira

La movilización de la docencia y la juventud de Chile en estos días (reunió 80 mil manifestantes en Santiago y 25 mil en Valparaíso) habilita una re-caracterización de conjunto de la llamada ‘derechización’ de América Latina y de la crisis de conjunto que recorre el sub-continente.

                Esta nueva onda de lucha de la educación transalpina ha venido acompañada de una crisis mayúscula en el campo de la política exterior. El gobierno de Piñera hace tiempo que ha perdido la iniciativa política, lo que todo sumado ha provocado una amplia crisis de gabinete y la admisión de un principio de ingobernabilidad. El canciller Ampuero, un viejo zorro de filiación stalinista, ha sido forzado a renunciar debido, según evalúan los cables que publica La Nación de Buenos Aires, a los “apresuramientos” incurridos en la gestión para provocar el desplazamiento de Nicolás Maduro por el advenedizo Juan Guaido. Los mentideros repiten un mantra que circula desde hace tiempo en Washington, en el sentido de que habrían sobreestimado las fuerzas propias en la empresa de producir un cambio de régimen en Venezuela. La admisión no es menor cuando se tienen en cuenta los extremos de la bancarrota de la economía venezolana, y el desplome político y moral del sucesor de Hugo Chávez. A la luz de estos desarrollos queda en evidencia algo que fue claro desde un principio – que el complot golpista internacional comandado por Donald Trump constituyó un recurso de fuerza para re-configurar la política latinoamericana para sacar a la derecha que había progresado en Colombia, Brasil, Chile y Argentina de un derrumbe cercano. No lo ha logrado, como resulta obvio.

                La educación ha sido un área preferencial de los conflictos en desarrollo, porque está unida con un cordón umbilical a la llamada ‘reforma laboral’. En una y otra Chile es el Estado que ha ido más lejos en imponer los planes capitalistas. Convertir el gasto público, que no crea valor ni por lo tanto rentabilidad, en una empresa que mercantiliza la enseñanza, se ha transformado en una misión estratégica para el capitalismo, incluso porque la enlaza con la reproducción de la fuerza de trabajo, y habilita uno de los campos más rentables de inversión en el último tiempo, como es la reforma urbana y el desarrollo inmobiliario. En los casos de Brasil y de Argentina, a pesar del impetuoso avance de la privatización educativa, la educación pública desempeña un papel potente y es un hueso duro de roer. La ofensiva todo-terreno de Mesías Bolsonaro contra la educación estatal se ha enfrentado con la resistencia creciente de la docencia y el movimiento estudiantil brasileño – y detrás de los bastidores-  por un sector del ‘establishment’ militar. La precarización extrema de la educación es vista por un ala de las fuerzas armadas como una dependencia tecnológica extrema del Pentágono norteamericano. No es por capricho que el intercambio educativo se haya visto tan afectado por la guerra económica entre Estados Unidos y China.

                Otro aspecto del ataque contra la educación pública tiene que ver con el desplazamiento de una derecha pseudo-liberal, del tipo de Henrique Cardoso o el colombiano Juan Manuel Santos, por una derecha fascistoide, como son los casos de Duque y Bolsonaro. La guerra ‘ideológica’ contra la educación pública se convierte aquí en una cruzada militante contra la organización de los docentes y los estudiantes. Piñera, un pinochetista liberal, si esto fuera posible, parece estar desengañańdose de las ventajas de engaño que ofrece la democracia, para inclinarse por sus pasiones de juventud. Es lo que podría ocurrir con Macri, que decidió jugar el rol de liberal republicano contra un peronismo que presentó como autoritario y fascistizante, pero que tiende a reencontrarse con su alma verdadera, en especial ahora que eligió para acompañarlo en la fórmula presidencial a un peronista que no oculta su resentimiento contra el pueblo más pobre del vecindario de Argentina, incluida la Argentina misma. Les cabe aquí el mote de proto fascista, aunque en un sentido bien diferente al que le es aplicado de forma corriente – no están reunidas las condiciones de guerra civil en ciernes, ni una encarnadura fascista en amplias masas, lo cual convierte al proto fascismo en un detonante potencial o eventual de una reacción revolucionaria.

                Diversos observadores advierten del retroceso en los pronósticos de crecimiento de la economía de Chile, y lo relacionan con la guerra intercapitalista que impulsa Trump con un entusiasmo correspondido en crecimiento. China es, sin embargo, el mercado principal de Chile, algo que lo coloca en una oposición al vértice norteamericano – con el cual colabora políticamente. Piñera se enfrenta a una ambivalencia sentimental, vulnerable a las presiones chinas. El cruce de guantes en el mercado mundial ha afectado a todos los voluntarios del Grupo de Lima, que se anotaron para secundar a  Trump contra Venezuela. Las contradicciones de los adversarios de los trabajadores, a veces superan en urgencia a la contradicción principal.

                La conclusión de este paneo podría resumirse así: la ofensiva derechista patina, precisamente cuando las experiencias ‘bolivarianas’ o ‘populistas’ se encuentran fuertemente agotadas y renuncian con toda evidencia a cualquier uso de la demagogia anti-imperialista. La crisis histórica que atraviesa América Latina pone al orden del día la tarea de la revolución socialista con alcance continental.


Jorge Altamira (Buenos Aires, 14 de abril de 1942) es el seudónimo de José Saúl Wermus, político argentino, miembro fundador y dirigente del Partido Obrero (PO). Fue legislador porteño durante el período 2000-2004 y candidato a presidente de la nación en cinco oportunidades. Es director del periódico semanal Prensa Obrera y de la revista teórica En defensa del marxismo, ambos editados por el Partido Obrero