Dos poemas de Hernán Flores, poeta mexicano

día 26 / año dosmilcatástrofe

A los desaparecidos la grandeza de haber sido hombres en el suplicio y haber muerto cantado

Gonzalo Rojas

Mi corazón es un cometa 43 veces más grande que antes.

                                                                     Mi alma es una fosa: un cráter; un cráneo coronado

de cruces blancas y 43 cirios iluminan su nicho, rodeándolo.

                                                                     Mis ojos son –tan sólo– dos muchachos que resisten,

atrincherados en lo oscuro de la pesadilla interminable,

                                en la que retumban 43 veces los cimientos de las catedrales.

 

En el descampado sereno de mi pecho cobrizo,

                                             siembro de cabo a rabo, con mi arado presto –en mi labranza ajada–,

las 43 semillas –antes frágiles– que brotarán insepultas del suelo,

                                       para acariciarme el rostro con sus pétalos blancos como la calma.

En mis manos sostengo un fantástico coctel volátil,

                                                                   que ilumina las puertas de los palacios y

la oscuridad en la que 43 rostros hermosos desaparecieron –cantando–

                                                 la noche del viernes veintiséis de septiembre del año dosmilcatástrofe.

 

Y es por eso que cada mano honesta empuñará una fusta y

                                               –con azotes– arrastrará por el mundo, de parte a parte –y desnudo–,

a aquel que ose mancillar nuestras voces y

                                                levantar su imperio tiránico sobre las fosas que –tiempo antes– fueron

                     rebosadas con nuestros cadáveres

                                                                             

                                                                        ¡Será, entonces, el silencioso cantar de las llanuras

el que los acune entre sus pliegues,

                                                                     el canto de las leyendas de los 43 muchachos –y su increíble ímpetu,

monumental, como las catedrales– lo que les arrulle

                   y los campos de cruces la mortaja blanca que cubrirá,

con indecible paciencia de santo –hasta desvanecerse–,

            sus rostros irreconocibles, vejados por el látigo!

 

Y, así, velados por mi pensamiento cándido como un lázaro y, sobre

su ausencia cúprica, mi nostalgia cubriéndola como una pátina,

serán acompañados –con su corazón de bosque húmedo y

sus alas prístinas como una alabanza alzada–

al pie del desasosiego humano que los reclama y abraza,

por el largo e intranquilo camino de la trinchera al borde de la cama:

a la humanidad solemne y su recuerdo amplio y accidentado como una cordillera,

que se abre, para ustedes –de par den par–, apacible como una casa.

 

Santiago y las desapariciones

 

Si Santiago desaparece y quedamos solos, tú y yo,
resplandeciendo con una palabra en los ojos que –quizá–
quiera decir perdón o cielo o cielo celeste o cielo crispado
con dos soles formando tu rostro –eternamente– blanco,
habitaríamos el llano y la urdimbre y, de las piedras,
haríamos el agua para beber y lavarnos.

Si Santiago desaparece, junto con todo el amor y odio que germinan sobre sí misma,

si desaparece Santiago –lentamente–, como un horizonte que se aleja,

aunque hacia él caminemos agotados y arrastrándonos,

o se hunda –irremediablemente– ante nuestros ojos,

bajo las olas, sin importarlo, que pasemos

nosotros por encima como los pájaros.

Pues, bien sé yo que Santiago puede encerrar un girasol
entre los catorce barrotes de acero de un soneto,
durante diecisiete años más que la dictadura y
ser diecisiete veces más cruel que la picana,
electroshocks y tajadas en los testículos.

Pues, bien sé yo que Santiago desapareció una larga lista de jóvenes hermosos

y hubo que levantar un memorial de pierda –gigante y oscura–,

con sus nombres escritos, labrados, taladrándonos.

Sin embargo –y a pesar de todo–,
no tengo duda de que en Santiago
puedo hablar con las rocas y los árboles
y hay una cordillera que me saluda. Que si
–extraviado– miro hacia el Este y camino hacia él,
la cordillera me mostrará las aristas de su deformidad
estoica y brillante y yo llegaré a su amparo como el cabro
                                                                                                      entregado del ama a los brazos de la madre.

 

Ahora, si no es Santiago el que desaparece y, en cambio, lo somos nosotros, tras enunciarnos, encontrémonos tranquilos, pues, si bien desaparecidos, lejos y vejados, también, eternamente

atados y buscándonos
sin descanso


Aarón Hernán Flores Suárez (CDMX, México, 1993), ante-poeta, proto-lingüista y coetáneo del “nuevo peso mexicano” y el formato PDF (Portable Document Format).  Ha publicado dos poemarios: Caudal en mano (Buenos Aires, Argentina), en 2015 y Lorena por encima de la Gramática y otros poemas (CDMX, México) en 2019. En la actualidad, afirma que aprender a leer es lo mejor que le ha pasado en la puta vida.