Cuento “Las uvas verdes” de Marcelo Coccino

“Las uvas verdes” de Marcelo Coccino
cuento ganador del XIV Concurso Gonzalo Rojas Pizarro (2017, Chile)

No sé bien de qué trataba la clase. El follaje de la parra estampado en los ventanales le confería a todo lo que abrigaba el salón un acuoso color verde. Y yo buceaba por el espeso aire esmeralda, como aquella temeraria tarde de frío invierno que nos sumergimos furtivos en el agua podrida de la pileta del club, a ver qué escondían las profundidades.

Los peces de las láminas aprovecharon el oleaje de las hojas para juguetear entre los pupitres y una rana disecada renegaba con un remolino que le había robado una pata. La maestra de historia acomodó sus lentes y me pareció que acomodaba su máscara de buceo. De la boca le salieron burbujas como racimos de uvas verdes. Su voz se oía tan lejana como el tema del que hablaba. Explotó una uva y retumbó en mis oídos algo sobre los egipcios; reventó otra y alcancé a oír que decía: “antes de morir uno vuelve a ser niño”. Pero todas las otras uvas fueron jeroglíficos que no pude descifrar. Luego, tironeaban el cable de la escafandra, que se me enredaba en el cuerpo, en el brazo, en el cuello. Me quedaba sin aire. Debía subir.

¡Lisandro! ¡Lisandro! Tuvo que gritarme dos veces la maestra para que volviera a la tierra. ¿En qué estás pensando? ¿Dónde anda tu cabecita, Lisandro?, dijo.

Me pregunto por qué las maestras siempre equivocan los nombres de los alumnos. Leandro, le dije. Leandro, repitió. ¿Te sentís bien? Estás pálido. Aflojate la corbata. ¿No vas a copiar?, me preguntó mientras con total impunidad encendía un cigarrillo. Estoy bien, le respondí, pasándome la mano por el cuello.

PLENARIO MINISTERIAL fue el título de la nota imperiosa que nos dictó y que nos recalcó debíamos escribir en mayúsculas, tal vez porque las letras capitales sean menos cuestionables. Copiamos la nota gustosos —diría que con la complicidad de quien ante un privilegio absuelve de falsedades—; después formamos una fila apresurada en el patio, donde dos alumnos demostraron que la bandera que se elevaba audaz y triunfal también podía arriarse veloz y desvergonzada si la situación lo requería. Abrieron las puertas y salimos.

En la vereda sentí el beso dulce del sol. Cerré los ojos y levanté despacio la cara en dirección al cielo para que el beso durara un poquito más. Era de esos días en los que uno anhela vivir eternamente.

Tal vez porque tenía los ojos cerrados fui el primero en notar que a medida que el alboroto de la salida anticipada se diluía, iba ganando la brisa de la mañana un rumor inusual, que venía desde lejos. Nos miramos. El zoológico (así exageraba Javier, aunque sólo tenía dos carpinchos sucios y un peludo que se la pasaba bajo tierra) podía esperar. Nos pusimos a caminar rumbo a la sugestiva calle de los murmullos.

A la vuelta de la imprenta, medio centenar de hombres y mujeres avanzaban a paso lento, pero exaltados hacia las vías. El pequeño enjambre marchaba, envuelto en una conversación confusa. Empezamos a seguirlos por la vereda, paralelos al grupo, tomando distancia, como si avanzáramos por la barranca de un río peligroso con temor a caernos. Habíamos recorrido una cuadra cuando Franco señaló la calle:

—¡Vamos! —exclamó.

—No, no. Esperen… no me dejen solo —les dije, pero no me hicieron caso.

Los tres se mezclaron entre la gente. Los seguí.

El grupo de peregrinos o celebrantes o vaya a saber qué nos arrastró como arrastran las aguas torrentosas. No teníamos ni la más remota idea de lo que aguardaba al final del viaje, pero ya era tarde para el arrepentimiento: una vez que nos fundimos entre la gente, no tuvimos más el control de nuestros pasos.

En el recorrido unas señoras comentaban que el hombre había dejado una carta. Dicen que no es más que un garabato indescifrable, explicó desilusionada la de semblante menos triste. Fue por la soledad, comentó la de cabello enrulado. Cómo puede ser que todavía no haya llegado la policía y dejen entrar a la gente, interrumpió la tercera, sin preguntarse demasiado por su paradójica indiscreción.

Después de andar un buen rato, supuse que estábamos muy cerca de nuestro destino. El paso se hizo lento. Los cuerpos comenzaron a apretujarse, como en la escuela tras la campana desesperada de los recreos. El espacio que antes ocupaban holgadamente cinco hombres ahora lo ocupaban siete y después nueve y luego once, hasta que todo este desorden comprimido, asfixiante, estalló en una fila india muy prolija, que se precipitó veloz, como la arena que traga el cuello de un reloj, por un pasillo angosto, hacia un patio luminoso.

Allí nos volvimos a ver las caras: primero yo, luego Federico, Javier y Franco, en ese orden fuimos apareciendo. Éramos los únicos niños en ese lugar familiar, pero a nadie le preocupaba nuestra presencia. El patio era un laberinto humano, indiscreto, movedizo, de pasadizos cambiantes; una marea confusa voces. Nos aventuramos sigilosos, intuyendo el rumbo, escurriéndonos entre sollozos y gemidos, aprovechando las grietas que dejaban los cuerpos, desechando senderos ciegos y eligiendo caminos que se presentaban a la vista como potables. Por fin, después de tanto ir y venir, tras esquivar un muro de señoras que fumaban como chimeneas, aparecimos, por entre la niebla nerviosa de los cigarrillos, frente a una parra.

No mires, me dijo Franco y me tapó los ojos con su mano. Pero yo, que era el más bajo, por los arbustos no podía ver. Noté que Javier ya no estaba a mi lado, había desparecido, como el peludo de su zoológico. Federico lloraba disimuladamente al lado de un estanque lleno de peces y ranas, y sus lágrimas le mojaban esa ridícula barba blanca. Aparté la mano arrugada de Franco y me paré sobre una silla. De la pérgola, colgaba un hombre. Oscilaba, igual que un péndulo agotado. El sol apenas se colaba por las grietas de la parra y manchaba su cuerpo de sombras. El cuello largo impresionaba. Quise ver más y me puse en puntas de pie; me estiré todo lo que pude (el rostro blanco del hombre se hacía más blanco por el racimo de uvas verdes que pendía cerca de su nariz; la lengua pesada le saboreaba el mentón; los ojos extraviados parecían mirar todas las uvas a la vez); allí perdí el equilibrio, dejé de sentir la silla bajo mis pies. Volvió entonces a golpearme la soga, como un látigo, en el cuello y volvieron a mecerme las aguas verdes de la parra. Me vi en los ventanales, buceando desesperado.

—Antes de morir uno vuelve a ser niño —decía una de las señoras que fumaba, pero no escuché nada más. Tironeaban del cable de la escafandra. Debía subir.

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