Bordadoras, cuento de Jibias del escritor Alejandro Banda

1

Los cantos de la galleta de acero sobre el fierro oxidado maldicen la tarde roja en el cerro Mariposa. Marina tiene frío, no se concentra, supone que con la caída del sol cesará aquel ruido intermitente. Al menos por un par de horas, un sábado sin música nadie lo aguanta.

El sonido de las máquinas cesa antes de lo previsto, el ocaso se lleva los quejidos metálicos. Uno que otro martillazo, ecos de ladridos, tambores, batucadas lejanas, el rugido de los autos, una sierra en la madera que da los últimos retoques con un golpe seco y fuerte, una plancha que cae y se guarda, lonas que se estiran para que no les sorprenda la lluvia, otro martillazo, otra caricia para doblegar el detalle. Las herramientas son lanzadas al cajón, la quebrada se silencia, el cielo se pone negro. El frío crece y controla sus rodillas. No puede seguir cosiendo, debería abrigarse y descansar, pero las bordadoras llegarán antes de la medianoche y debe esperarlas en pie.

 «No me puedo acostar. Por último, las espero metida dentro del saco». Enciende la tetera, enjuaga el latón enlosado y pone la yerba. Acomoda en V dos ramitas de poleo, se inclina al costado del lavaplatos y extrae una botella de vidrio con aguardiente traída de Ñipas. Cuando el agua está lista, sin hervir, la deja caer en el mate, vierte un chorrito del licor y vuelve a su banca. Con eso tendrá para estar otro par de horas bordando, el frío volverá después.

 2

La calle está oscura cuando escucha el silbido. Se asoma por la puerta de atrás y llama a las perras. Enciende la luz del antejardín y abre despacio la puerta. «Pasen», murmura. Las bordadoras ingresan sin hacer ruido. Una vez dentro, se abrazan y estrechan las manos. Marina las invita a ponerse cómodas y saca la tetera del fuego.

Han construido un mapa gigante de la ciudad puerto, un plano tejido a lana sobre la inmensa arpillera. Los cerros cada cual con su nombre, incluso aquellos desaparecidos. Los cerros son partes del mismo cuerpo. La avalancha de casas da al mar y los barcos enfrentan los vientos del norte. Marina sostiene el largo manto que cruza living, comedor y cocina. Valparaíso se extiende en el interior de la casa. Las lanas rojas conducen a una especie de palacio, cruzan lo que parecía lejano volviéndolo próximo.

Una perra ladra con ira, Marina baja el telón y se acerca a una ventana. Hace un gesto para indicarles que pueden seguir. Una de las mujeres marca tres lugares que coinciden con el descenso hacia el punto. Luego señala un lugar en el plan, junto al antiguo teatro del Sindicato de los Trabajadores Portuarios. El tejido es envolvente, tiene zonas donde los nombres de las calles se transforman en leyendas y las nominaciones militares quedan en segundo plano,  cubiertas por lanas de colores entrelazadas con hilos morados y grises que se confunden con la tenue derrota del amarillo doblegado por el negro donde luchan toninas y chivatos. Casi topándose, edificios sobresalen dando un golpe letal a la ciudad puerto con sombras que tapan el sol a los changos montados sobre lobos marinos.

Josefina, ya sentada sobre el cojín y con la arpillera en sus rodillas, zurce los bordes de una tela que ha rescatado del vestido de su bisabuela y que parece la piel de una polilla dorada. Con ese retazo ilumina el escenario del Parque Italia. Las niñas y niños pedalean frente a los baños turcos y el cine. Tras la cartelera, se pueden ver guitarras gigantes y a una mujer cantando, las notas musicales salen de su boca para unirse a la gran marcha junto a la cual un Allende gigante, más grande que el cine, avanza hacia el Congreso abriendo la avenida Pedro Montt con una balanza en la mano y una flor roja a cada lado.

Josefina conversa bajito con Andrea, que remataba las ruedas de los troles y alargaba las sombras en los rincones donde los poetas permanecen sentados mirando los carnavales pasar. Afuera comienza la lluvia. Josefina escribe los carteles con aquella lana que ella misma hiló, anotando en el interior de las pancartas las frases que liberarán al pueblo.

3

 —¿Puede que venga?

—Puede.

—Pero ¿cómo? ¿Viene cuando se le ocurre?

—Y a veces llega bien curado.

—Pero ¿por qué se lo permites?

—Ya terminamos hace rato, pero sigue viniendo.

—¿Y les dijiste a los cabros?

—Sí, ya les dije.

—¿Y?

—Dijeron que iban a estar atentos, que cualquier cosa, si se ponía pesado, que los llamara.

—¡Qué bueno, Marina! Estamos cansadas de que te falte el respeto.

—Sí, ya nos tenía chatas.

—No nos hace ninguna gracia que ese hueón se venga a meter acá.

Margarita vuelve a poner la tetera. Marina intenta volver a concentrarse en las barricadas, en las pérgolas y en los odeones. El sector de la Universidad Federico Santa María le resulta interesante, las barricadas en la avenida España causan un efecto radical al separar ambas ciudades. Margarita le pasa el mate.

—Estos huevones piensan que pertenecemos al espacio público y por eso asumen que somos de su propiedad.

—Esta huevá hay que pararla en seco.

—Tenemos voz, no necesitamos que hablen por nosotras. Y menos ese.

Los cerros se llenan de gente, los basurales clandestinos son transformados en parques. Los autos y las micros con su esmog se alejan. Las mariposas vuelven. Los sitios de memoria y otros lugares donde se torturó están claramente identificados: Cuartel Silva Palma, Galería de Reos Ex Cárcel, Muelle Prat. La Esmeralda no solo es blanca, de la cubierta salen inmensas palomas que crecen en el cielo trasportando un lienzo que dice «Se abrirán las grandes alamedas cuando se haga justicia». En el horizonte, embarcaciones cruzan la bahía, trasatlánticos, lanchas, submarinos, barcos de guerra, ballenas, toninas, peces espada, merluzas y jibias. Marina vuelve a escuchar a las perras, esta vez se asoma por otra ventana. El sujeto está ahí, bajo la lluvia, tambaleándose detrás de los palos de la reja.

*Jibias. Historias de crímenes internos” (Editorial Emergencia Narrativa, Valparaíso 2018)


Alejandro Banda (Valparaíso, 1976). Poeta y escritor. Profesor de Castellano. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica, PUCV. Profesor de Literatura en CIEE. Doctor en Literatura Hispanoamericana Contemporánea, UPLA. 1er Lugar en Valparaíso en 100 Palabras (2017). Ha publicado: “Felice” (1998), “Ocurro” (2000), “Poemas para separarse” (2003), “Bajo Mar” (2006), “Moscas” (2017) y fue incluido en “Antología Poética Creación desde la palabra” (2000-2001). “Moscas” obtuvo el 1er Lugar en Premio Lector (2018). “Jibias” es la segunda pieza de su trilogía narrativa: Moscas, Jibias, Humanos.